domingo, 23 de agosto de 2009

Toda la academia de burlesque estaba ahí sentada en las gradas. El gallinero de plumas y lentejuelas con música swing, un travesti y un hombre con cabeza de cerdo abrazándose a todo el mundo. Ayer conocí el fotogénico reino de las pin ups, la alta sociedad del vintage y la seducción, la artificialidad hasta el delirio, la lluvia de purpurina y las actuaciones de las divas del corsé. El escenario les quedó pequeño. En toda mi vida había visto a tantas chicas guapas juntas posando entre las filas de un público prácticamente femenino, nunca me arrastraron hasta una pista de baile donde el swing es la única norma y no me soltaban, nunca he abandonado una copa recién empezada en el rincón de la barra ni nunca me había sentido tan tímido. Nunca me he encontrado enfermo en mitad de una fiesta y he tenido que sentarme en el bordillo esperando que se calmara el dolor. Por aquel entonces el travesti ya me había tocado el culo y bajo el puente de Hackesches Markt, donde se celebraba el evento de la Fete fatale, una copia idéntica de Dita von Teese pasó por delante dejándome boquiabierto, porque de no ser porque era más joven, hubiera creído que era ella.
Y de vuelta al interior, ese monstruo esquizofrénico llamado Joe Black cantaba con dos voces distintas mientras aporreaba el piano a lo Amanda Palmer, las bailarinas se quitaban la ropa en un diván dieciochesco participando una tragedia de amor sáfico entre una chica y una muñeca automática que terminaba en suicidio para ambas, un tipo todo vestido de pvc plateado que venía del otro espacio como ya habían hecho Ziggy y Nomi, pretendía salvar a la humanidad sacándose la ropa, Hay Dee Sparks tragaba fuego y bailaba con antorchas al son del Fire de Lord Arthur Brown y la mítica Columbine terminó sacándose su traje victoriano para acabar tapándose con avenicos gigantes de satén. Un drag queen premió a la chica mejor vestida, la pista quedó llena hasta lo irrespirable y a las cinco me fui solo y sin haber bebido para casa, todavía con ese incómodo dolor de huesos por todo el cuerpo y encontrándome con un montón de gente borracha en el metro de Alexanderplatz, en la parada de Eberswalder, en la puerta de mi trabajo. Y me metí en casa, puse uno de los discos de vinilo que encontré en el portal metidos en una caja de cartón y me acosté con música de Strauss. Curiosamente sonó el tema de la película de Saloon Kitty en el que Helmuth Barger le grita a la chica ordenándole que le diga "tú no perteneces a mi mundo".