lunes, 3 de agosto de 2009

Enfrente tengo ese coche antiguo que con el que tantas veces he soñado. La primera vez que lo vi era febrero y la nieve lo había devorado por completo. Al igual que mi curiosidad. Esa vetusta carrocería puede más que yo y que cualquier marcha de Eldgar. Simplemente sucede que me siento afortunado por tener un viejo modelo de taxi londinense siempre aparcado en la esquina de mi calle. El interior parece una cuadra, pero nunca me canso de adorarlo con mi cámara e incluso llegué a escribir una pequeña historia mientras Ingrid Tullin abría el Saloon Kitty con esa voz tan andrógina capaz de transportar a lo más auténtico de la boheme sauvage.
Y es que fue en esta ciudad donde el libro de la voluptuosidad pudo salir del horno durante el apogeo de Weimar: asesinatos lujuriosos, femmes fatales y el denso humo del opio de los intelectuales, las sesiones en el Pyramid o los metros de piernas en medias negras que se vendían en el Admiral Palast fueron algo más que habitual en ese Berlín que se reivindica en las selectas fiestas que se organizan en lugares históricos como el Oxymoron o el mirador de Potsdam donde incluso es posible asistir a veladas de espiritismo. Creo que Julietta La Doll o Chrys Columbine, algunas de las zorras de lujo que pasean sus boas de plumas a cambio de envidia y popularidad tienen el mismo descaro y aire de nostalgia que la entrañable Lola Lola del Ángel azul, con la diferencia de que no les importa perderse en los separées mientras siga habiendo show, porque lo que está claro es que ya no hay mañana.

Tu sais comme à travers le verre
le soir devien vert
et le ciel dense, entier,
pèse sur moi, lourd
Alors je veux la verité vrai :

« Les hommes ont la tête des porcs et chiens,
et portent des habits citadins.
Elles sont serpents phtisiques, ornés de bijoux.
Ils sont orgouilleux et dégénérés,
elles sont mistérieuses , mai filles de la perfidie
C’est ma chanson de la rue.
C’est ma ballade des misères ».

Nihm Smoboda (2003)