lunes, 17 de agosto de 2009

He visto llegar la noche en Prenzlauer sentado en un banco de madera enfrente de la iglesia roja de Getsemaní, el periódico al lado y un par de viejos discos de los años treinta sacados de las cajas que los tenderos dejan en mitad de la calle. La pareja de finlandeses bebía cerveza negra y charlábamos sobre la vida en Berlín, que siempre depende de lo que uno esté dispuesto a ver. ¿Cuánto tiempo podemos tener el ojo en el cerrojo? Podríamos consultarlo en mi cuaderno y nos horrorizaríamos. Definitivamente esa iglesia me ha devuelto la sonrisa en más de una ocasión cuando ya lo había dado todo por perdido. Y sin embargo estos últimos meses he aprendido a jugar mejor al ajedrez. Algunos ya conocen esa vieja pasión que desde siempre he arrastrado por el juego persa al que siempre pierdo. Algunos incluso disputaron sus reinos durante la edad media en uno de los episodios más fascinantes de la reconquista. Y algo así debe haber sucedido a lo largo de este tiempo: un fortalecimiento de las propias convicciones, mirar hacia adelante o al infnito, recuperar la gracia del mar. Porque eso es lo que pensé cuando me encontraba con Kéter el sábado por la tarde en la cumbre de Kreuzberg: regresaba a la calma ante la vista de aquellos ángeles que glorificaban las victorias de Prusia contra aquellos que eran más fuertes. Curioso memorial encima de una cascada, la punta de la aguja, el mirador a las demás almenas en el paisaje, el verde y el gris. Se puede empezar a decir que todo empieza a ir mejor porque es lo que más deseo y me he esforzado en que sea así. Mirar desde ese salto de agua al bosque el sábado antes de ir al trabajo, quedarse enfrente la Getsemaní charlando agradablemente con esos muchachos de Helsinki viendo morir la tarde, escuchando los discos con las ventanas abiertas y pensar en todo mientras escribo algo, verse reflejado por el cristal y las luces de los restaurantes de abajo y ver que vuelvo a tener buen aspecto, eso es sonreír. Está siendo un largo viaje y queda mucho por hacer.
Es curioso porque en su día mi compañero de piso nunca creyó que esos dos perdedores que estábamos pasando frío en la cocina acabarían haciendo lo que le dije con una fe absoluta y casi suicida: "Tú y yo vamos a pinchar música en Berlín, no importa quien lo haga primero, pero lo vamos a conseguir". Y anoche por fin llegó su turno. Me escapé del trabajo para saludarlo y darle una palmada en la espalda. Ahí estaba feliz como nunca le había visto, dándole vueltas a los álbums que recibe cada semana por correo y concentrándose en darle el ambiente adecuado a un local lleno de extranjeros, snobs y otras especies del submundo de esta urbe. Él se quedó disfrutando el momento y yo volví a fregar platos.
Y hoy vuelvo a estar con el teléfono lleno de mensajes y perdidas, porque para muchos sólo existo el lunes por la noche, nunca antes y mucho menos después y también reaparecen muchas de las personas que daba por perdidas o que me giraron la espalda en la época en que estaba sin un euro. Todas van de femmes fatales, todas te hacen quitar la alegría por todo, todas te cambian por un payaso desgraciado al cabo de muy poco, o por dos si son pequeños.

1 comentario:

Mercedes dijo...

o por dos sin son pequeños...Angie Stardust. Aun te leo desde marijaneland