miércoles, 16 de diciembre de 2009




Otra noche cerrada y sigo escribiendo pese haber pasado el día y la tarde enfermo. La obra seguirá adelante conmigo o sin mí, pero la voy a terminar en el plazo acordado. Mi socia la griega me ha llamado para decirme que está enferma y que mañana coge el avión para que la vean, así que en principio me toca poner la música solo este jueves por la noche antes de largarme para Barcelona, pero la verdad es que no me veo con fuerzas, por lo que he llamado a la Rata para que me eche una mano, porque estoy que no me aguanto en pie. Me he implicado todo lo posible en esta obra y el resultado va a ser menor a aquello que tenía previsto, pero sin duda será un trabajo con cara y ojos y de principio a final. Por desgracia no puedo poner ni la mitad de las cosas que me gustaría explicar y tengo como norma el hecho de que 1937 debe ser viable, es decir que está concebido para ser llevado a escena y no puede aburrir ni cansar. Gente de todo tipo tiene que ser capaz de sentarse, entender la historia y salir contenta. El resto son ganas de llamar la atención. Para filosofadas existe un género llamado novela. Escribir para las tablas es otra cosa y no tampoco es tan fácil.

En teoría el buen autor debe dejar agujeros para que un director pueda aportar algo a la representación, por lo que no puede estipularse todo y hacer un texto cerrado y sin márgenes, que es la eterna tentación porque al fin y al cabo nos limitamos a reproducir aquello que visualizamos en nuestra cabeza. En cuanto a la inspiración, ya lo he dicho otras veces: las historias ya aparecen insinuadas en las letras de las canciones de los discos que he comprado en tiendas de anticuario aquí en Berlín Este, en las postales de época que tengo pegadas en la pared de mi habitación haciéndome compañía y en los espectáculos de burlesque a los que he podido asistir. En cuanto a la técnica escrita, sigo el patrón del esperpento dado por Valle Inclán, pero trasladado a la cultura catalana, que es donde transcurre la acción de la obra. Pese a que la historia empiece cronológicamente en la agonía de la República de Weimar y en ese Berlín que se estaba empezando a transformar en Germania, me he visto obligado a tratar sólo la parte barcelonesa, que es posterior: la guerra de teatros en el Paral·lel y los hechos de mayo del 37.


Estos días están saliendo cosas pensadas todo este último año, casi inconscientemente. Todas esas ideas que habían aparecido fugaces y no pude apuntar vuelven a brotar con fuerza y la cabeza, pese a que el cuerpo diga basta, sigue trabajando. Esta tarde he soñado con escenas de la obra. Estaba yo hablándolo con un público de gente vieja preguntándoles qué les parecían los cambios y ellos como si trataran de recordar su adolescencia me corregían o lo encontraban divertido o me decían, es mejor verlo así que como verdaderamente fue, muchas gracias.




En los años 70 y después de haber visto el musical de "Cabaret", Bowie quiso hablar con el autor del libro en el cual la historia se basaba, el señor Christopher Isherwood, para decirle entusiasmado que no sólo le había encantado la historia, sino también que le hubiera gustado vivir aquella época y que lo que más ilusión le haría era conocer el viejo Berlin, cosa que al final acabaría haciendo. Isherwood , en aquella época ya un señor mayor pero todavía muy pícaro, le contestó con esa flema tan típicamente británica: "Señor Bowie, recuerde que yo sólo soy un cuentacuentos."