viernes, 31 de julio de 2009

"Oh, eso está todo muy bien, pero, con voz o no, el pueblo siempre puede ser arrastrado a los deseos de los líderes. Es fácil. Todo lo que tienes que decirles es que están siendo atacados, denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y poner al país en peligro. Funciona igual para todos los países."
Hermann Göring

Para poder seguir trabajando en Heroica he tenido que ponerme a leer algo sobre la inteligencia tácita y la relación entre los nodos cerebrales y la capacidad creativa. Supongo que el hecho de haber pasado un bloqueo tan catastrófico me ha llevado a interesarme por unos temas que en principio nunca habían sido el objeto de mi devoción, pero visto lo que ha pasado y habiéndome costado tanto poder volver a arrancar, pienso sacar algun provecho de estos nuevos conocimientos para saber encontrar salidas la próxima vez que me ocurra algo así.
Por eso mismo estoy contento de poder decir que ayer fue uno de esos días felices en los que sólo existía el teclado y el eterno intento de novela. Por primera vez tuve la sensación de estar caminando por un campo muchas veces labrado mientras reseguía la novela a través de sus renglones. Era algo delicioso, un auténtico tratado de buenas maneras para describir un cúmulo de horrores. Sin embargo a día de hoy mucha gente se pregunta porqués estoy escribiendo en catalán. Lo ven como estar perdiendo el tiempo. En cierto aspecto no lo negaré, porque la fe en la aceptación del texto por parte de la gente de mi país es más que nula y no creo que lleguen a comprender la ironía. La verdad es que me gustaría saber hasta qué punto somos capaces de reírnos de nosotros mismos más allá de la imagen del tópico, que es con lo que normalmente sólo se juega en la primera división del humor. El reto de conocerse está ahí y la discordia volvió a lanzar otra manzana podrida, lo suficiente como para corromper a todo el barril.
Son algunos los que me han comentado el escaso interés que les despierta una historia que consideran local pese a ubicarse en las postrimerías de un contexto europeo. Hace años vi que la persona que ha llevado más lejos la cultura de mi país precisamente jugó constantemente la carta del elemento local para llegar a la universidad. Lo alcanzó en la medida que supo desplegar una potente cosmología después de haber estudiado detalladamente el microcosmos natal. Me refiero ni más ni menos que a Salvador Dalí. De alguna manera sigo teniéndole como modelo a la hora de intentar explicar quienes somos. Años después de haber empezado Irreverencia sigo creyendo en la posibilidad de una historia sobre la cual, pese a existir ya otros textos y ver que se va a poner de moda en breve, tengo el convencimiento de que todavía no se ha hecho nada desde esa perspectiva.
Tomando un café con canela en la cocina con el Sr. Knut hemos estado hablando de lo bello y lo siniestro, mientras hacía una pausa de las lecturas y el narghilé. Le he dicho que Rousseau y su amante tuvieron que soportar como la turba furiosa les apedreaban la casa en Môtiers por culpa de la publicación de Emil, Händel llegó a tener multitud de acreedores golpeándole la puerta en sus momentos más críticos, Jonathan Swift se volvió loco y llegó a escribir 4.000 opúsculos contra los miembros del partido whig, Spinoza organizaba combates con insectos, Voltaire llegó a reclutar y armar a una tripulación para combatir a los jesuïtas en Suramérica y Dafoe más que un náufrago literario pidiendo asilo en Moll Flanders fue un espía que vendió su Escocia por unos chelines. He leído todas las intrigas cortesanas del período de dos siglos en los distintos países de Europa para poder encontrar la inspiración necesaria que me permita abordar el otro gran bloque de mi novela. He paseado por el parterre de los jardines del palacio de Charlottenbourg, pensando como debería sentirse la gente que iba ahí a jugársela en la consecución de títulos y honores. Hoy la promoción social no es tan limitada como aquel entonces, pero no menos grotesca. Las ataduras a las modas y los convencionalismos forman parte de la misma modernidad.
Deformar a la élite, empequeñecer al pueblo hasta el límite de lo inhumano, reírse de la cultura, desprestigiar el poder... de nuevo los espejos cóncavos.