viernes, 10 de julio de 2009


De pronto, salen a rastras de sus buhardillas
Para mirar cómo arde el mar entre la tarde:
Con los ojos abiertos quedan cautivados
Por las trenzas doradas de las muchachas que pasan.
(Alexandr Blok)

Tratándose del aniversario de Nikola Tesla, instalo las bombillas que me faltaban y convierto la habitación en una auténtica catedral de luz con la que proyectar sombras chinas. De esta forma empiezo a contar mi historia haciendo formas con las manos. Había una vez alguien esperando caer la noche para volver a trabajar junto a la cuadrilla sabiendo que va a recibir la visita de un viejo amigo en cuestión de horas. Érase un muchacho que había vuelto a leer cuentos para niños con la excusa de aprender un idioma que no era el suyo. Cuenta la historia que en una ocasión hubo alguien que se encontró así mismo escribiendo cansado de ver a tanta gente a la deriva y sin embargo no era el único. Tesla era capaz de concebir artefactos imaginarios y de vivir en hoteles de la misma manera que me dediqué a reventar pensiones y anotar las mejores ideas en un vagón de tren. Él había llegado a la comprensión de la verdadera naturaleza de la energía sin la cual no sabremos canalizar la tempestad eléctrica de nuestro cerebro. Mientras estaba investigando algunas cosas de literatura Serbia, me he acabado acercando a la figura del hipertexto, una tentación literaria muy difícil de utilizar y para la que se requiere un mínimo de técnica si se quiere hacer algo más que confundir al lector o simplemente entretenerlo. Veo mucho potencial en utilizar dicho sistema si es para desarrollar una obra literaria con ciertos elementos futuristas. Y ya sé a qué me refiero con ello. Precisamente estos días he ido detrás de un viejo film alemán que después de un largo litigio por derechos de autor, al fin ha podido editarse en dvd sin haberse llegado a exhibir más que un par de semanas en las salas de proyección. Sorprendido por los grandes paralelismos con algo que llevo en anotaciones desde hace siglos, he tenido que verlo para poder comprobar hasta que punto se parecía a la idea que siempre tuve sobre este tema. Hoy ya se puede decir que el título fue revolucionario al haberse anticipado en su momento a la mayoría de distopías cinematográficas entorno al mundo de los programas de televisión que veríamos más frecuentemente a partir de la década de los 80. Sin ir más lejos, El Juego del Millón es una adaptación libre del mismo texto que Stephen King versionaría para escribir una novela corta que después pasaría al celuloide con el título de "The running man" (Perseguido, en España), la cual ya no tiene nada que ver y opta por la espectacularidad en lugar de hacer una crítica contra la sociedad de consumo como lo hace este film de 1970. No es la calidad de las imágenes lo que me ha gustado sino el argumento y la presentación de las reacciones de la gente ante algo tan bárbaro como un programa en el que tienes que sobrevivir durante 10 días a la cacería de un grupo de asesinos profesionales por toda la ciudad. Ya no se trata de convictos obligados a entretener a las masas en espectáculos sangrientos sino de outsiders que no tienen un modo mejor que ganarse la vida poniéndola en grave riesgo. Los anuncios publicitarios no tienen desperdicio, la hipocresía del presentador y la arrogancia del productor que está fumando puros en la oficina de realización son tópicos más que explotados que le dan una carga de cinismo a esta historia de cobayas humanas donde el experimento en realidad somos nosotros, los auténticos drogados.

No importa que mueran, como perros, tras la valla
O que la vida los haya enlodado.
Creen que algún Dios los trajo aquí
Para que besaran la ventisca y la nieve
(Alexandr Blok)

Aquí o en Serbia, todos esos perros tienen voz.