viernes, 24 de julio de 2009

Como actores craqueados volvemos a los camerinos de nuestro desván convertidos en meros púgiles de retaguardia. Entiendo que en Alemania la palabra amanecer tenga connotaciones negativas, pues sólo es el preludio de algo que inevitablemente sucede y que merma el poder de la voluntad. Tras el intermedio de La Traviata, los ricos toman su asiento en platea. Es así como se debe ver este barrio desde los balcones de la Kollwitzplatz, repleto de parejas medioburguesas y completamente discapacitadas que se dedican a no pensar en nada que no se vea.
En los rincones de las agradables cafeterías se amontonan revistas con astros en las cubiertas salidas del postoperatorio. El celebritarismo es el culto a seres podridos.

Porque yo lo veo desde la ventana sucia que da a una esquina con la Hellmotltzplatz y ahí ya es todo distinto. Hoy pongo un nuevo vinilo mientras me flaquean las piernas. Al cabo de poco suena la música de Claire Waldoff porque sólo existe un Berlín y ese fue el suyo y me desplomo en la butaca que encontré en la calle como si todo fuera un número de vodevil. Warum liebt Vladimir gerade mir? Miro la carta que ya no enviaré y el plato donde quemé las otras, en el suelo tengo abierto el libro de Punset al final del capítulo del desamor y el de Villon, con todos sus ahorcados bailando alrededor del mercado, encima del escritorio. Me doy cuenta de que el auténtico cabaret berlinés se basa en la transformación de los ritmos marciales que constituye la mayor parte de la música prusiana, el contraste necesario para aguantar lo que para la gente de aquella época sería asfixiante, mientras la Waldoff, con esa voz horrible tan llena de dobles sentidos parece llevar su gorda irreverencia más allá de donde yo he llevado la mía. Y eso me gusta.
Unos criarán malvas en el sofá delante la tele. Otros pasan el verano trabajando y en las horas libres escribiendo sobre el siglo XVIII bajo las acacias y los tilos.
Y todo es grotesco.