lunes, 13 de julio de 2009

Los domingos es el día que los berlineses esperan para dedicarse a su gran pasión: comer. Los berlineses de por sí ya tienen tendencia a comer constantemente, son glotones y caprichosos, degluten con asiduidad y un entusiasmo que llega al corazón, porque disfrutan el yantar como ninguna otra cosa. Seguramente ya he comentado en más de una ocasión que lo más normal es pasear en domingo y encontrarte a esas familias restructuradas cargando neveras y kilos carne para hacer las parrilladas dignas de Pantagruel en el primer parque público que encuentren. Legalmente y al igual que en tantos otros países eso no está permitido, pero aquí todo el mundo lo hace. El domingueo no es coger el coche con unas cuantas chuletas y montar la mesa plegable en algún arcén de carretera secundaria. Aquí es algo urbano, una auténtica invasión de la zona verde. Sin embargo yo me levantaba con los huesos molidos, porque como de costumbre estaba quemando el sudor y las horas en esa cocina que siempre debe quedar impoluta aunque se inunde media ciudad. Aquí el frío de invierno ha vuelto. La ráfaga corta como una navaja y vi a una mujer sacar las tripas por no haberse abrochado la chaqueta. Sin embargo yo seguí recogiendo vasos en la terraza mientras algunas parejas decían no jurarse amor eterno pero su falsa liberalidad apestaba a conservadorismo. Al fin y al cabo los norteamericanos nos han educado.Los domingos sin embargo, la gente no está de copas sino devorando menús y buffets libres. En cada bar montan un buffet con todas las sobras, y los que vuelven de dar una vuelta por los mercados de productos de segunda mano que se montan al aire libre acaban fichando ante el primer cartel amable que diga la barato que es comer mierda. Sin embargo yo también he ido a un mercadillo después de despedirme de mi amigo Ponzani, una visita que me ha alegrado la vida, pero que ha hecho que mi espalda sea como un montón de fracturas, puesto que tenerlo en casa me ha supuesto dormir en el puto sofá. Una ducha y dos cafés reaniman, pero igualmente te dicen que deberás volver a que te hagan shiatsu.
El Dark Market es un rastro montado por algunos miembros de la escena dark. En él puedes ver alguna pequeña exposición o encontrar algo interesante en los tenderetes que se montan para vender la ropa que uno ya no usa, los libros que quiere olvidar o (evidentemente) comer algo. Como se puede suponer también es un punto de encuentro donde las relaciones sociales toman un tono más cordial que en la sangrienta arena de los fines de semana. En parte ellas llegan folladas y más contentas, ellos resacosos y arrepentidos, siempre haciendo ver que pasaban por ahí. Compro tres libros a un euro y me tomo un café por otro. Disfruto de la vida devaluada y charlo animadamente con un grupo de chicas hasta que el reloj me dice que me toca volver a trabajar. Al final hago tantas horas que pierdo la noción del espacio/tiempo, me lo tomo todo del modo más absurdo posible y acabo al as cinco de la madrugada barriendo la calle mientras una vieja con vestido de flores y gafas de culo de vaso conduce un horroroso vehículo pedalero con una caja inmensa incrustada delante para transportar todos los periódicos que hay que repartir a los que están suscritos a la manipulación masiva. Termino, cargo cajas, hago dos lavadoras con los trapos usados, llevo bolsas de hielo al congelador donde algún día me encontraré algún cadáver, me tomo un Jäger con zumo de cereza, viene la chunga y me paga, me da mi parte de la propina por haber hecho el mono detrás del mostrador, amanece, la mujer de la limpieza me pregunta que hago con esos libros bajo el brazo, me pongo las gafas de sol y me voy a casa donde me encuentro con mi compañero de piso en estado de postpolvo traumático tirado en mitad del pasillo, una torre de platos con contenido sospechoso asomando por el fregadero y mi habitación con esa misma imagen de siempre como si en realidad sólo fuera una foto, pongo la alarma del reloj y me entierro en la cama sin querer saber nada de nadie.