sábado, 4 de abril de 2009

La sirena del infierno













Theda Bara nació a finales del siglo XIX en Egipto, hija de los amores de una bohemia actriz francesa que había devenido en concubina de un nómada príncipe egipcio. Alumbrada bajo la sombra misma de la Gran Esfinge, se decían de ella cosas tales como que había llegado al mundo dotada de extraños poderes sobrenaturales, o que había sido desmamada con la sangre de serpientes venenosas... Theda creció a lomos de los camellos entre dunas de arena roja, ante el horizonte siempre vigilante de las Pirámides de Giza. Durmió a la luz de las hogueras nocturnas de los señores del desierto, ante las cuales las suras del día se tornaban paganos salmos milenarios de la más antigua tradición osiríaca. Su silueta de niña fue convirtiéndose poco a poco en sombra de mujer tras la tela de las tiendas beduinas, y su piel de vestal se hizo lúbrica carne fémina baño tras baño, desde su infancia hasta su adolescencia, en las fértiles y afrodisíacas aguas del río Nilo.

Cuando el Sr. Fox inventó el mito de Theda Bara (anagrama de Muerte Arabe) no imaginaba la repercusión mediática que su protegida llegaría a tener en la iconografía del Hollywood mudo: Carmen, Cleopatra, Salomé... mujeres que destruían a los hombres en tiempos en que la censura todavía permitía transparencias y gestos explícitos conseguían largas colas para entrar en las salas de proyección, porque en los años de la Primera Guerra Mundial esta hija de inmigrantes judíos fue la gran obsesión de miles de estadounidenses: Ojos delineados, pelo azabache, labios oscuros y una mirada profunda como los pozos del Lete. Nacía el mito de la vamp. Numerosas imitadoras popularizarían su leyenda imitándola copiando su estilo y comportándose como en las películas que las masas veían en la famosas sesiones dobles. Theda Bara fue la primera que dijo la famosa frase de bésame, tonto que despés sería tantas veces repetida en las películas de cine noir. Aunque en la vida real Theda fuera una mujer realmente tímida, el celuloide nos la mostró como una de las mayores expresiones de la perversidad en forma de mujer, una belleza que pese a no seguir los cánones de la época cautivó de forma unánime hasta que las alegres flappers irrumpieron en el panorama cultural, obligando a que esta actriz irrepetible marchara de la escena de la misma manera que entró, en silencio.



La canción es de Mistinguett, antigua vedette del Mouline Rouge. Tras la Primera guerra mundial, sus piernas fueron aseguradas por medio millón de francos.