jueves, 2 de abril de 2009

17rtaciones

Siguiendo la estela de ese hombre que nunca pudo cantar, investigo algo más acerca de la enigmática figura de Tadeusz Faliszewski, el cantante polaco que sería la gran estrella del cabaret Quid Pro Quo en los años 30 y que terminaría exiliado en Chicago, pero poco más he conseguido averiguar. Fue la voz de algunas de las canciones más bellas compuestas en su tierra antes de la debacle. Hoy por hoy Polonia es considerado el país que más sufrió el terrible conflicto que fue la segunda guerra mundial y todavía es posible ver algunas imágenes de como era aquella Varsovia de antes de ese septiembre del 39, en el que el III Reich decidiera anexonarse el corredor de Danzig, una ciudad libre a orillas del Báltico que en aquel momento estaba bajo la administración de la Sociedad de Naciones. Recordemos los delirantes capítulos del Tambor de hojalata e intentemos imaginar al maléfico Oscar debatiéndose entre la poesía de Goethe y la lujuria de Rasputín y tendremos el retrato de un momento que ha pasado a la historia con todos los borrones de una tinta diluída por el agua del olvido, vertida por el temor a tantos recuerdos.

Mística y escepticismo. Días extraños leyendo a Foucault y estudiando la tabla esmeralda y a Hermes Trimegisto. El propietario del piso se extraña de que suene una música tan vieja en mitad de la vagina de la Schliemannstrasse, y la obra de 1937 avanza compitiendo con la Irreverencia. La habitación ya parece un hogar en lo más recondito. Las cortinas del edificio de enfrente son rojas y el otro día vi a una mujer quitándose los pendientes. Aparecen los primeros vestidos de flores y pienso en el inicio de la tierra valdía de Elliott: Abril es el mes más cruel. Hace casi una década el filósofo Eugenio Trías nos dio más de una clase magistral leyéndonos versos a modo de introducción. Con él aprendimos las partes más crípticas del Sarastro y nos hizo admirar los planteamientos de Ludwig Wittgenstein. Hace más de dos años fui a una conferencia de Trías en la principesca Girona, donde por aquel entonces tenía una habitación alquilada y me dedicaba a hacer inspecciones para el Ayuntamiento, y no dudé en regalarle un primer manuscrito de Irreverencia, concretamente la versión que había enviado para optar al premio Just Casero, y me sorprendió como había envejecido ese hombre al que siempre consideraré un mentor. Precisamente él es seguidor de Foucault y ahora que me estoy acercando a la obra de este pensador comprendo el porqué. La noche empieza a caer sobre Prenzlauer y el trompetista ya no toca para las personas que toman café en las terrazas entorno a la Hellmotzplatz.
Vuelvo a poner el tango y esta vez no veo a la mujer.