martes, 21 de abril de 2009

Gente di merda

El chico con el parche en el ojo estaba apoyado en la barra del jodido Duncker. Extrañas criaturas pululaban en la única noche libre escondida tras ventanas llenas de polvo que mostraban árboles en flor presos al igual que astros inmóviles. Y ese era yo, el Valmont que se carteaba consigo mismo cambiando obscenidades con el hastío. El extranjero llega con el aroma del incendio y se fija en todas ellas que están sentadas como en los prostíbulos de Weimar, mirando desde los bancos de hierro forjado y aguardando como lamias. Es así como se lleva a pasear la derrota, siempre de la mano de la ironía. Algunos se preguntan, otros están vacíos. Ellas son simplemente unas zorras. El travesti debe tener por lo menos 38 años y mira como un antidiluviano fumando de una boquilla a punto de caerse. La peluca es barata y su rostro parece tantas veces recompuestos como los distintos heterónimos de Pessoa. A mi lado tengo al capullo máximo, alguien a quien su superioridad racial lo vuelve en un deficiente. Mi adorable enemigo. Suena Trent Reznor y mis botas podrían reducirlo a simple polvo como el que sale de su boca podrida. Por unos momentos olvido qué significa saludar. La verdad es que no me llamo Beatrice. Y no sé porque alguien así me ha querido llamar siempre así. Ralph llega con su más de metro noventa y taladra con un largo discurso sobre su banda y el nuevo sonido. Me pregunta qué hago con un solo ojo y le respondo mirando al capullo y a la que fue mi gran amante en Berlín y al pringado que acaba de conocer que así sólo veo la mitad de mierda. Todos estallan a carcajadas y el capullo abandona el sitio como aquello que es. Mi gran amante es feliz y está enamorada de alguien que está ahí sentado con cara de bobo dos semanas después de decirme que me quería. En la misma mesa está el italiano que toca con los Clan of Xymox y el trozo de hembra que está a su lado también es del grupo, pero sin los retoques de foto y cara de vieja. Me pongo a hablar con él porque tuvimos en común a una lituana con un día de diferencia, me dice que lleva tres años viviendo aquí en Berlín y que es sardo. Y que adora Barcelona. De hecho su antiguo dialecto se parece al catalán, pero él ha abandonado la lengua de Petrarca por el siempre fashionable y rancio inglés del backstage. Todo es grotesco como el oso enjaulado en la columna del Nicolás Viertel. El absurdo de Winnie y los demás animales transformaban aquello en una auténtica fábula de esperpentos. Dijimos que este era el año del oso gordo y evidentemente este era el lugar donde debía escribirlo. Una chica me invita a una copa y me dice que le gusto, pero que no le gusto a su novio, el cual me odia porque le levanté a la que ahora es feliz con ese pobre muchacho que parece tan contento. Todo es estúpido y la música la única compañera que queda hasta el fin. Espero a que cierren porque las camareras me preparan el café y puedo ver con las luces si la chica que elijo no me asustará en cuanto la vea por la mañana. El pelo de dos colores y estrecho vestido de cebra. La llamo la hija de Catherine Deneuve y compra una botella de vino en la panadería de enfrente, que acaba de abrir y se llena instantáneamente de trabajadores polacos que construyen edificios simétricos en la periferia del este. Gestern Spass, heute Schmerz. Riccardo me dijo hace tiempo que me imaginaba en Berlín rodeado de libros, y delante una lumbre fumando narghile de una enorme pipa de agua, escribiendo que todo es una mierda y con una chica desnuda abrazándome la espalda. Yo me acuerdo de él y digo casi riéndome su famoso gente di merda. Nada más. Estoy terminando un libro mientras otros terminan con su poco futuro. Una frase del estilo le costó a Voltaire una paliza y a mí poca cosa si tengo en cuenta de que al fin y al cabo ya estoy pagando bastante por todo.