lunes, 15 de marzo de 2010

Preparando una escapada a Leipzig para visitar la tumba de Johann Sebastian Bach y la estatua de Leibnitz. Evidentemente le ragazze vienen conmigo. Lo de alquilar un coche lo encuentro una tontería cuando puedes pagar a un conductor que se dirija ahí, algo que sigue llevándose bastante dado el precio prohibitivo de los carburantes. Algunos ya me han dicho que con mis pintas cuidado con los neonazis, porque esos personajes que crecen como setas en los campos del este y están proliferando en una ciudad que como Salamanca o Perugia básicamente vive de la universidad y de poco cosa más, porque la gente está emigrando en masa al vertedero de Berlín o a los centros industriales del oeste como paliativo de una recesión que la gran mayoría dice no notar porque básicamente nunca notaron ninguna otra. El caso es que los peladillas me preocupan más bien poco, Leipzig es a día de hoy uno de los pocos sitios, si oolvidamos Polonia, donde pueda permitirme unas vacaciones realmente baratas y hacer algo de provecho.
Aunque sólo haya dormido tres horas y media me siento en plena forma y he pasado una agradable mañana escribiendo sobre vampiros y borrando la mitad de todo lo que he escrito después de descubrir que alguien ha publicado algo realmente bueno pero que por desgracia hace referencia a ciudades y períodos de los que también hablo, con lo que gran parte del trabajo hecho se ha ido al carajo en un abrir y cerrar de ojos y me recuerda que esto de la literatura es como los trenes o presentarse a una cita, hay que intentar no llegar tarde. El cabreo mayúsculo me ha dicho que hiciera una pausa y me he ido a la sala de fumadores del Wohnzimmer a ver un rato el parque por la ventana y a diseñar un nuevo croquis de toda la novela para solucionar el desastre si quiero mandar algo decente al concurso, porque el plazo termina dentro de tres días y si no hago estas cosas voy a quedarme toda la puta vida con la bandeja en la mano sonriéndole a un montón de gilipollas a los cuales tengo que agradecer que en mis escasos días libres no tenga ganas de ir a ningún sitio por asco a la gente en general a menos que sea para ver a alguna de las chicas o al gordo del videoclub. Y con eso me viene una de esas preguntas sin respuesta que a veces me pasan por la azotea, y es que todavía no me explico por qué en todas las ciudades hay siempre un barrio con un tío gordo llevando un videoclub.
Pongo alguno de esos viejos vinilos intentando olvidarme de todo y vuelvo manos a la obra. Leipzig espera.


Sobre Max Hansen, diré que lo primero y más importante, no confundirlo con el Max Hansen que fue oficial de las Waffen SS Standartenführer, que fue de los pocos que fue condecorado con una cruz de caballero por su valor extremo, sino que me refiero al otro Max Hansen, el tenor, un cantante de cabaret nacido en Dinamarca que en su época se lo conoció por "el pequeño Caruso", un carisma único subido al escenario del cabaret de los cómicos cada vez que interpretaba al camarero Leopoldo. Compartiría tablas con la que después sería la mítica Zarah Leander, máxima estrella de la UFA en cuanto Goebbels vio que no podría contar con la presencia de la Dietrich en las películas que pagaba su Ministerio de Propaganda, y en alguna ocasión también con la Garbo, el rostro más bello que alguna vez produjo el séptimo arte. Pero sería su canción "War'n Sie schon mal in mich verliebt?" lo que lo convertiría en un personaje de su época. En ella criticaba abiertamente al político Adolf Hitler cuando éste último se acercaba peligrosamente a la polémica victoria electoral que daría a los nazis las llaves del poder, insinuando de forma satírica la posible homosexualidad del líder nacionalsocialista, una broma que le obligaría a emigrar de país en país a medida que el III Reich iniciaba su continua expansión.

1 comentario:

Al'bert dijo...

Ya te digo. Ten cuidado con los neonazis. Yo, como no soy rubio ni tengo los ojos azules, he tenido movidas-mil en Alemania, Austria, Rusia y Ucrania entre otros que yo recuerde. Una pena, porque la gente de esos países me cae muy bien, pero desgraciadamente no saben distinguir entre un turco y un español.