viernes, 5 de marzo de 2010

Las seis de la mañana y parece que aunque amanezca seguiré rodeado de vampiros. Llevo horas leyendo sobre ellos, horas escribiendo en mi cuaderno, horas pasando a las hojas de dibujo secando el tintero que me regalaron, largos ratos en el ordenador. La nieve ha vuelto y el frío se adueña una vez más de todo aquí en mi habitación, incluso del ritmo de los párrafos. Pienso en porqué las cosas están así y miro el reloj de agujas. Sé que ya no voy bien de tiempo. Intento conservar la calma recordando haber leído que Umberto Eco se pasó un año dibujando laberintos antes de escribir una sóla línea de "El nombre de la rosa". En realidad era incapaz de hablar de algo que todavía no había recorrido. Pero una vez tuvo clara la ruta lo hizo con la precisión de un maestro, como si se tratara del Dédalo que esbozó las encrucijadas de la posmodernidad, demostrando que lo que hubo en el pasado se ve en el presente y que el futuro no era algo tan difuso, sino que nos precipitábamos hacia una segunda edad media.

Con estos nuevos bebedores de sangre sólo puedo compartir su vértigo ante los ciclos de la historia: desde los caldeos a los primeros puentes de hierro y de nuevo atrás para entender lo que ocurre, otra época y después un desenlace que tan sólo es parcial. Los linajes se suceden heredando los males pasados, como en la tragedia griega, la existencia se encierra en una fración y en lo infinito de la eternidad.

Mi sueño fue siempre darle una sensualidad a los tiempos estériles, una épica a los ciclos más bajos, sombras a las épocas doradas, una desmitificación de lo grande y una exaltación de lo olvidado. Esta historia está hecha de muchas, y éstas a su vez se despliegan, se ramifican, se bifurcan, crecen... es muy fácil perderse a mitad de camino.

Ahí estoy, otro miércoles con el tablero de ajedrez. Juego con Liang rodeado de vampiros susurrándome lo que debo hacer. Tengo la sensación de haber abierto la caja de Pandora. Las fuerzas maléficas buscan un homenaje y yo quiero un premio a mi vanidad. Estoy pegado a ellos y se turnan para hacerme compañía: Cada vez que abro un libro pienso en ellos.
Si por casualidad me encuentro ante un cartel publicitario, veo a alguna de las protagonistas. En cuanto a la ropa, cada vez que la guardo encima de los estantes me pregunto qué es lo que se pondrían. Al tirar la basura, la persona que se aleja del patio con paso firme lo hace como uno de esos seres, la vecina que cierra la cortina de enfrente es como la mantis que devora a los amantes, los balcones de hierro de la fachada de enfrente en realidad las jaulas colgantes que penden vacías, y la nieve oculta crímenes que el viento esparce. La vela se enciende y yo cierro también la cortina. Es como si empezara la fiebre y las palabras fueran sombríos dictados que terminana con muertes por una epidemia.