domingo, 10 de mayo de 2009

Tomo prestadas las palabras que el poeta inglés Stephen Spender dedica a Christopher Isherwood, autor de Historias de Berlín:
"Siempre fue igual. Nunca cambió a lo largo de su vida. Lo triste de Christopher es que siempre lograba dramatizar la vida de sus amigos ante ellos mismos. Lo triste y fascinante de él es que creaba una personalidad a medida de cada uno, que era siempre una exageración de nuestra propia personalidad. Esto era muy halagador, claro, pero lo incómodo para cada uno es que podíamos terminar creyendo que en realidad éramos lo que él fabricaba para nosotros."
Llego a primera hora de la mañana del trabajo. Las piernas agotadas y los primeros pájaros despertando los balcones de Prenzlauer, ese mundo perfecto. Vivo en Prusia, un país que no existe, y a la vez en la capital de la DDR, otro estado que quedó disuelto. Hay tanto espacio libre que es posible diseñar ciudades enteras o experimentar sistemas que después vamos a tener que condenar. Nos consideramos jodidamente malos en todo pero somos inimitables.
Ahora ya he averiguado quien soy cuando me quedo sin un euro y no me desagrado tanto, porque siempre hay algo que escribir. Al levantarme decido cancelar mi cita con la náusea y tomo el té solo sin más compañía que un jarrón con flores marchitas. Miro entre los discos algo de la Mome Piaf y preparo el último narghile para más tarde.