viernes, 8 de mayo de 2009

From Malkuth to Kether

En otra crónica de mi odisea inversa he hablado de extrañas noches paseándome como un esqueleto en círculos. Supongo que incluso hoy en día el porqué de mi traslado todavía choca y molesta, aunque hace más de mil doscientos años Li Bai ya hubiera escrito desde la montaña esmeralda la razón por la cual fui desplazándome hacia un país que no existe. He seguido girando sin detenerme para nada de la misma manera implacable con que lo hace la rueda de la fortuna, sabiendo que esta jamás se detiene ni para bien ni para mal.
Y ayer volví a girar entorno del Ring de esta ciudad, moviéndome desde la S41 hasta Charlotten y de ahí al bello Schöeneberg. Aquella mañana en la calle de las acacias, el reloj de la iglesia era completamente de oro y el sol se mezcló con los tilos rubios. Estuve trabajando en un negocio de vinos moviendo cajas y llevando un furgón hasta el pulmón burgués de Savignyplatz. Algo así como el lugar al que un ossie nunca iría. La propietaria me regala un crianza con el que aparezco a la salida del metro que hay en Richard Wagner Strasse.
Evidentemente voy hecho unos zorros, pero minutos después estoy invitado en casa de Lilith Nightingale y al cabo de poco ya me encuentro aseado, descorchando el vino y comiendo algo antes de largarnos al Wannsee. No era ahí donde Heydrich planteó abiertamente a la cúpula del III Reich la solución final al problema judío? Lo tenía por un Walhala en la tierra donde los grandes jerarcas mantienen unas villas costosas hasta el extremo de quedar abandonadas por impago en mitad del espesor salvaje de Grünewald. Nada más lejos de la realidad. Ahora en Wannsee están algunos de los que mueven iniciativas culturales y las élites estadounidenses tienen un par de escuelas para futuros tecnócratas.
De ahí salgo arreglado con la ropa de su padre y da más la impresión de que vayamos a la ópera que no al encuentro con una gente que se dedica a hacer pelis. Evidentmente ya me aclara que se trata de Telefilms pero de fondo histórico, con lo que deseo que no se trate del flipado que hizo las ruinosas versiones de Merlín, Cleopatra o Troya que me han provocado más de una taquicardia. Entonces recuerdo a Venus y pienso en cuando me dijo que aprovechara las ocasiones. También pensé en cuando le pregunté donde estaba Coma White y no me quiso responder porque no era tiempo apra volver a tirar las cartas.
Llegamos al Wannsee y es precisamente eso: villas lujosas de antiguos altos cargos en las esferas políticas, ricos retirados y alguna asociación cultural. Ahí vamos. La casa de los escritores. Me siento como un pez fuera del agua al quedar apartado del frío y gris Berlín para encontrarme entre bosques, caminos de hierba fresca y un lago tan hermoso que daba la impresión de haber descubierto por primera vez el mar. Esto existe? Fue lo primero que se me escapó.
Y existía de verdad. De una de las casas de esa comunidad ideal salió un hombre bastante mayor con barba blanca, bufanda, sombrero y unas gafas diminutas. Nos dio la mano y fuimos a una terraza a merendar mientras los barcos atracaban en la orilla. La casa de los escritores, pensaba. Ganan un concurso, vienen aquí, viven aquí y una vez acaban un libro se largan o pueden presentar otro proyecto. El tipo ese tenía su productora ahí mismo. Estuvimos hablando de la rivalidad entre Marlowe y Shakespeare y la posibilidad de seguir trabajando en ese tema. Evidentemente yo quedaba excluído de la conversación. Simplemente era la rareza, el simpático acompañante o el fenómeno descubierto en otro país. En cuanto Christian me dio la mano y se presentó como director de la Shakespeare Company de Berlín creí que la conversación no saldría del teatro isabelino. Peron unca hubiera imaginado que Lilith jugara tan bien en esas mesas y dijera que el escritor catalán tenía una obra que encajaba muy bien con lo que él andaba buscando. Me quedé pálido de golpe. Traté de escapar de la situación diciendo que estaba escrita en catalán y que no podía traducirla porque mi alemán seguía siendo muy malo. Sin inmutarse el tipo me responde que me financia la traducción y mep regunta si conozco a Calixto Bieito. Casi me muero del susto. Calixto Bieito fue el único que defendió mi obra de teatro en el tribunal del concurso de la Fundación Romea en noviembre del 2001. Cómo no voy a conocerlo. Gracias a aquello me atreví a montar Els fills d'Isis. Una mujer gruesa por todas partes llegó berrando con una enorme olla de spaghetti y estuvimos los seis comiendo mientras me aguantaba la risa tratando de no romper aquel clima de perfección. Demasiado fuerte para creerlo. Evidentemente eso jamás sucederá. Pero mejor comer del árbol que quedarse mirándolo. Al largarnos le dije severamente a la sibila que se había vuelto loca. Estamos aquí para hacer cosas y llegamos tarde a la conferencia en H.Markt, contestó fríamente. El director se ofreció llevar a su musa en el asiento del descapotable. Y yo iba detrás al lado de un oso de peluche.
Así que cinco minutos más tarde estamos yendo disparados por la famosa Autobahn hacia el centro de Berlín en un pedazo bólido, arropados en unas mantas y con música de Kusturica a todo trapo. El viejo lleva puesto un casquete de aviador y va haciendo fotos mientras toma el desvío que lleva a la torre de la radio. Menuda panda. El Palacio de congresos está ahí al lado del semáforo en rojo como si se tratara del tipico escenario de una película futurista. El típico conductor de autobuses de Berlín se pone a charlar con nosotros, muerto de envidia la ver al cabrón del viejo con una chica tan joven. "Así que Shakespeare, eh?" Grita mientras el viento nos golpea caras. Desvío la cabeza y lo veo todo tintado a través de las enormes gafas de sol. El ángel de oro que separa el Tiergarten está enfrente mirándonos y al otro lado el sol se oculta en un último esfuerzo por brillar. La música suena absurda, surreal. El oeste es otra historia, completamente distinta. Llegamos a H. Markt a base de sortear las calles de la zona judía y dejando atrás el Zapata, el falafel Dadá, el Estudio 54, Tacheles... esa mierda para turistas. La cúpula hinchada de la sinagoga más grande de Europa está ahí apretada entre edificios de principios de siglo, el oso de peluche me mira como diciendo"tío a mí no me pidas explicaciones" y de un frenazo el tipo nos deja en un pedazo edificio con varias vafeterías, velas y lámparas, un patio y una conferencia sobre el sujeto, tema tan genérico que daba para las dos horas en que un tribunal de prestigiosos doctorados aburrían sin piedad a un nutrido grupo de intelectuales poppies que ya estaban enterados de todo, gafapastas, chicas de la facultad de filosofía que se tiraban al profe y todo ese bestiario que vemos en todas las presentaciones de libros que solamente se compran cuando es por obligación. El coñazo en cuestión me llevó a echar de menos al viejo y mucho más al peluche, tuve que salir un par de veces al cuarto de baño para aguantarme la risa ante tanta seriedad y me di cuenta de que en realidad la gente estaba ahí por el morbo de ver a un ex terrorista del Baader Meinhoff 30 años después haciendo de moderador de la tertulia, pero ahí estábamos, en el centro de todo con la chaqueta americana de un tipo pequeño y delgado que me dejaba sin demasiada libertad de movimiento intentando entender algo de lo que estaba pasando. Acaso no había empezado el día cargando cajas? Salimos en estampida para entrar en el enorme edificio medio ruinoso que es el Ballhaus. Ahí veo a parejas de lesbianas bailando tango, camareros engominados llevando comidas humeantes y una música vieja y los asistentes aplaudiendo a la gente de la pista entre pieza y pieza. El ambiente es chocante. El cocinero me pregunta si soy italiano y si sé hacer la auténtica pizza con un horno de leña. Le digo que por supuesto y me pregunta si estaría interesado a trabajar en el fogón porque él no da para más. Lilith me rapta y me lleva al piso de arriba todavía más lujoso, donde una banda de zíngaros tocaban swing y la gente cenaba en largas mesas desmontables casi a oscuras en lo que parecía un enorme salón rococó apagado con una gigantesca lámpara de cristal de la isla de Murano enmedio. Nos sentamos en un diván y tomamos una copa de vino. Entonces escucho las voces que no entiendo porque todas forman una. Es como el sonido dentro de un instrumento de viento. Gira deformándose y la oscuridad hace exactamente lo mismo: tragar. Veo lo que debió ser Irreverencia. Veo a mi personaje, a la corte del Madrid de los primeros borbones. Veo lo que fue una cena en aquella época pero sobre todo oigo como se mezcla todo ese sonido. Los cubiertos colpeando suavemente la porcelana, conversaciones de hambrientos, copas encontrándose en brindis, voces graves, risas quietas, altos techos, aire lleno de palabras. Ahí estaban las noches de Aranjuez. Ahí el laberinto por el que tendrá que moverse el personaje. Sí, estuve bien ver los grandes palacios prusianos en noviembre, pero estaban vacíos. En cambio meses después y de forma fortuita me encuentro con el ambiente, pero en penumbras, como debería haber sido en más de una velada. La emoción me mataba por dentro. Lo tengo, lo tengo, lo tengo. Pensaba. Quería marchar de ahí y escribir el resto de la noche. Y al cabo de poco cogía otra vez la SBahn iluminado y con la sensación de que había encontrado otro de los puntos con los que no me perdería en la complicada elaboración de la segunda parte de mi novela. Esos cubiertos me habían salvado la vida. Vi que no me perdería y que seguiría de estación en estación hasta el regreso a Ítaca. Porque lo seguía sintiendo.
«¿Dudas en tus votos y plegarias, troyano Eneas?
¿Dudas?
Pues bien, no antes han de abrirse las grandes bocas de esta atónita casa.»
E.Libro VI. Sibila de Cumas.