jueves, 26 de noviembre de 2009

Evidentemente la crisis ya ha terminado. En Alemania han celebrado todos sus déficits por todo lo alto recordando que no hay muro en una fecha bastante impropia, en España sigue habiendo fusiones de cajas de ahorro y se dice que los precios ya no bajarán más, incluso en Girona (ese extraño microcosmos) ya los empezaron a subir.
Hacía tiempo que tenía en deuda conmigo mismo ir a un local del cual todos los conocidos del sector LSD (Lychener/Schliemann/Dunckerstrasse) me han hablado siempre que pregunto como era el barrio a finales de los años 80. Vé ahí y lo verás. Es el más auténtico que queda. Y hoy, después de quedar en la Iglesia de Gethsemaní y comer bocadillos de pescado en Arcaden, fui con mi nuevo libro al famoso local, que por no tener no tiene más nombre que el número de la calle. Abro la puerta y me encuentro un sitio lúgubre, sucio a morir y con un sofá que salió en alguna película de Fu Man Chú, varias mesas vacías y velas por todas partes, con la cera derretida haciendo montañas e intentando dar un poco de luz a aquel tugurio. Ya la música que iba oyendo al fondo me era bastante familiar, pero a la que vi al psicópata detrás de la barra ya aluciné colores.
- Pero tú que haces aquí?
Dicen que Berlín es un pueblo, pero eso ya es demasiado. Y sin embargo episodios como éste son de lo más típicos en una ciudad donde todo el mundo tiene dos, tres y hasta cuatro trabajos a la semana pero ningún contrato de por medio. Por lo que me dijeron y lo que he visto, ese local siempre ha sido así. No hay electricidad, las neveras van con bolsas de hielo y con un par de compacts que se pongan en el portátil ya va bien, porque tampoco tienen el negocio abierto muchas horas y a la que al Mac se le acaba la batería lo chapan todo. Ver al psicópata tomándose una birra rodeado de velas y telarañas no es la mejor manera de evocar como era la vida social en Berlín con la caída del muro, por lo que decidí buscar la inspiración para el artículo de otro modo, es decir, mirando un poco más las fachadas del barrio e imaginármelas sin pintar y con las ventanas rotas. Eso era Prenzlauerberg. Un lugar parecido a Harlem, parado en el tiempo y con todas las incomodidades del mundo. Nada que ver con las casas modelo de Marzahn. Lo que ahora es el ghetto antes era precisamente la zona de edificios nuevos y con las mejores condiciones imaginables en la DDR. El sueño de todos era estar ahí. En cambio lo que hoy representa la zona exclusiva con terrazas bajo el tejado y ambiente burgués, era el sitio donde los ciudadanos de la república socialista más radical de los países del pacto de Varsovia sufrían una mayor insalubridad. Toda una ironía, pero para mí es como ver en lo que se va a acabar convirtiendo el Raval de Barcelona, sin ir más lejos. Aquí es donde se vivió más el cambio tras 1989.
Con las ideas en la cabeza cogí el tram hasta la Rosenthalerplatz, zona de hostels y de bares, todos llenos de jóvenes que viajan en grupo y se quedan un par de días en la ciudad para joderse el hígado, hacerse cuatro fotos y decir que han estado en una ciudad donde todo está hecho una mierda pero muy cool. Me voy directo al CCCP para ver a Tom Leib, un videodiyei que conocí en el August Fengler y que le gusta una música bastante parecida a la mía. Entonces al entrar todo son colores rojos, cortinas deslumbrantes, lámparas de abuela y decoración canalla. En pocos minutos el lugar se llena de seres extraños: una pareja de intelectualoides con gafas de pasta transparente, jóvenes escandinavos con barbas de pescador, chicas con el pelo de blanco y un bote entero de laca, dos enanos, un jorobado, una mujer con la cabeza afeitada y aspecto más allá del border line portando un cartel en el que rezaba "nosotros somos la ciudad" y un tipo chupado con un mostacho hecho a base de pelos largos que le salían de la nariz y unos ojos azules vidriosos que parecían no mirar a ninguna parte. Tom estuvo poniendo música muy buena, aunque la repitió para los que todavía no habían venido al principio de la sesión porque es un tío muy generoso y porque tampoco tiene muchos compacts, el camarero se pensó que yo era ruso y el propietario me preguntó si tenía myspace. Como es un local que se ha puesto de moda, me dicen que para marzo quizás podría hacer algo, pero el quizás quizás suena demasiado a Nat King Cole y por suerte la griega me llama para decirme que este mes va a estar los fines de semana en el Primitiv Bar y si le puedo echar una mano. El camarero ya me dice que él curró en el Primitiv y que allí lo normal es la música de los 50, por lo que creo que me lo voy a pasar bien en cuanto encuentre más material en las tiendas de discos de segunda mano.