viernes, 11 de septiembre de 2009

Mi país se identifica con una gran derrota que llevó a su aniquilación, porque a día de hoy todavía se ve obligado a reivindicar lo que es su identidad, pero le hace ofrendas a un falso héroe. Los auténticos colosos que lucharon por la existencia de Cataluña fueron Antonio Villarroel y en Sebastià Dalmau, pero incluso ellos no fueron nada al lado de la resuelta actitud de los barceloneses que no dudaron en defenderse de los ejércitos de Felipe V y del rey Sol de la misma manera que siglos antes Numancia había combatido a Roma: hasta el final. Es el día de los catalanes, y es a ellos, a ellos que están en les moreres, a los que hay que honrar, porque ahí no se entierra a ningún traidor. La figura de Rafael Casanoves ha sido sobrevalorada por los burgueses románticos de la renaixença por desconocimiento o por interés de clase, puesto que necesitaban a alguien que simbólicamente encarnara el espíritu de una nación sacrificada por las potencias europeas, pero en realidad tuvo un papel bastante menor que aquel que se le atribuye.
Para mí el 11 de setiembre es el día en que un pueblo soberano pierde todo lo que tiene, incluso la libertad de sus gentes, puesto que a los habitantes de Cataluña incluso se les prohibió abandonar el territorio.

Sé que para muchos sólo será un puente y para las autoridades una oportunidad de hacerse la foto. También sé que para muchos Cataluña no existe. Su desconocimiento en Europa es rotundo, pese a que todo el mundo me diga que le encanta Barcelona. Resulta paradójico y por otro lado desconcertante.