lunes, 7 de septiembre de 2009

El fin de Brummel

Es curioso que la vida del arbiter elegantorum moderno sea tan apasionante como la del antiguo. Brummel era de origen humilde pero se codeó con la alta nobleza británica, influyendo en sus costumbres y adiestrándolo en el buen arte del savoir faire. Con él nace oficialmente el dandysmo, la retórica de la falsa superficialidad y el hombre incorpora el pantalón en su atuendo. Brummel tardaba más de dos horas en vestirse, lo que constituía un espectáculo sólo para los ojos de unos privilegiados, puesto que las sesiones eran vistas como una larga lección sobre como prepararse para comportarse en sociedad. Vale la pena señalar que hasta entonces un caballero era vestido por sus lacayos. Que Brummel estuviera anudándose la corbata delante de un espejo podría haberse visto como algo grosero y ordinario de no ser que siempre supo demostrar estilo, pero sobre todo, se trataba de enseñar su superiodidad al hacer algo que los demás no eran capaces de hacer porque para ello necesitaban a la servidumbre. De la misma manera que los bailes eran siempre complicados para que el vulgo tuviera que conformarse con las danzas populares, el hecho de vestirse daba una capacidad de rango entre los que ya tenían sirvientes para otras tareas. Uno de sus máximos seguidores era el Príncipe Regente, el cual le pedía consejo para cualquier asunto, incluso para lo más trivial.

El problema de Brummel es que jamás supo llevar bien la fama. La vanidad lo hinchó y en más de una ocasión mordía la mano que le daba de comer. Humilló públicamente en más de una ocasión a su mecenas el Príncipe de Gales, llamándolo gordo o riéndose de su mal gusto con la ropa. Sin embargo la gota que colmó el vaso fue de lo más vanal:

"Un día estaban Brummel, el príncipe de Gales y unos amigos tomando café tras la cena y en un momento dado el primero dijo al príncipe:

-Gales, llama a un criado.

Aquel día el príncipe debía de estar de mal' humor, pues cuando llamó al criado y lo tuvo delante le dijo:

-El señor Brummel se va, acompáñale hasta la puerta.

Éste fue el principio del fin. Desprovisto del favor principesco, Brummel tuvo que afrontar a sus acreedores, que se lanzaron como fieras sobre él. Se dice que en diez años había gastado más de un millón (un millón de aquella época), en corbatas, pantalones y casacas. Sus muebles fueron subastados y tuvo que huir de Inglaterra, dirigiéndose a Caíais, en Francia.

No pudo comprarse más ropa. Un sastre de Caen, movido de compasión y de respeto por quien había sido el rey de la elegancia. le arreglaba bien que mal y gratuitamente los vestidos que le quedaban.

Parecía que no podía caer más bajo, pero en mayo de 1835 fue detenido por deudas y conducido a la cárcel. El duque de Beaufort y lord Alvanley se enteraron en Londres del suceso y patrocinaron una suscripción para que recobrase la libertad.

Cuando salió de la cárcel, Brummel ya no era ni una sombra de lo que había sido. Perdía constantemente la memoria y se alojó en una pequeña habitación del hotel Inglaterra, de tercera o cuarta clase. Allí pasaba horas enteras sin moverse de su habitación. Un día una inglesa de la que no se conoce el nombre se presentó en el hotel preguntando por Brummel y alquiló una habitación que daba a la escalera para verlo pasar. Lo que vio fue un hombre de cara idiotizada, hablando consigo mismo y vestido pobremente. Cuando el dueño del hotel subió a ver qué quería la señora en cuestión se la encontró llorando sentada en un sillón. Probablemente era una de tantas admiradoras que Brummel había tenido en Londres.

Su razón fue declinando. Varias veces los ocupantes del hotel lo vieron requisar sillas que trasladaba a su cuarto. Las ponía arrimadas a la pared. encendía unas velas y solemnemente abría la puerta de su habitación mientras decía en alta voz:

-¡Su alteza real el príncipe de Gales!... ¡Lady Conyngham!... ¡Lord Alvanley!... ¡Lady Worcester!... ¡Gracias por haber venido!... ¡El duque de Beaufort!...

Indicaba a cada uno de sus fantomáticos invitados la silla que les había destinado y luego volvía a abrir la puerta y exclamaba con énfasis:

-¡Sir George Brummel!

Y despertando de su sueño delirante miraba las sillas vacías y se derrumbaba en el suelo sollozando.
Murió en un manicomio el 24 de marzo de 1840".