viernes, 30 de octubre de 2009

De vuelta a casa, pero no a (IT)aca. Tres días en el ghetto de Cracovia escuchando música yiddish, temblando de frío ante la cueva del dragón a los pies del palacio del macbetiano Ubú y comiendo sopa servida dentro de un pan redondo como la que preparan delante del teatro, siempre escapando de la niebla baja a primera hora de la noche, arrinconándome entre muebles viejos y retratos de los antiguos residentes del Kazimierz, los deportados de miradas oscurecidas como si de antemano ya conocieran lo que el tiempo les deparaba. Los mejores cafés estaban tan escondidos que había que entrar en los patios de las casas y cada hora la melodía de la trompeta flotaba hasta detenerse en el mismo punto. Dejé la mitad de las cosas en la habitación y en el contenedor y me volví con lo puesto y los libros que había comprado, porque he vuelto absorto en la lectura de las leyendas que rodean la ciudad encantada y la mayor plaza de Europa, parecida a un tablero del medievo abandonado en mitad de la partida. Me quedé sin poder entrar en las minas de sal que quedan ahí recordándome que hay más magia por conocer y llego alucinado a Colonia, donde escapo para poder ver la catedral y quedarme ahí delante sin hacer nada, sólo el momento y la impresión. Tras una complicada red de trenes, metros y aviones vuelvo al Este de Berlín donde la gente de Prenzlauer está terminando la jornada. Sólo unos días y mis compañeros de piso me habían echado de menos. Conversaciones en la cocina tomando vino y cigarrillos polacos.