domingo, 7 de junio de 2009

1985

Los perros ladran a media tarde sin que nadie lo advierta desde los patios interiores.
Anoche todo el mundo salió, bebió, se divertió. Yo no pude dejar de sentirme al otro lado. El lavavajillas no dejaba de de sonar, el aire se volvía irrespirable, la náusea atacaba al estómago y apretaba el cuello. Las horas fueron pasando y se quedaron sólo las parejas y algunos borrachos durmiendo encima de los sillones caros como si fuera el final de una mala función. A esa hora todo el mundo debería estar follando. En el fondo todos los sábados por la noche son una cópula total y un cúmulo de malos polvos, pero lo único que veía era como toda la ceniza me ensuciaba la ropa. A veces prefieres estar así para no pensar, porque mi habitación es tan pequeña que mis ideas y yo ya no cabemos, pero ni aún así puedo evitarlo. El sueño está roto, la novela abandonada. Era la única y la última oportunidad. Algo me ha amputado al final del ciclo como premio a todo lo que aspiraba. Incluso mi enemiga la furia me abandona para dejarme en mitad del desierto rojo en manos de la envidia, a la cual no desconocía. Por unos momentos, la arena se levantaba y ensordecía mis gritos, llamándola una y otra vez, como en un sueño y ella me daba la espalda como el dios que abandona a Antonio en ese maravilloso poema de Kavafis. ¿Dónde está la ira?, pensaba una vez más mientras cerraba agotado el lavavajillas en mi cocina de baldosas grasientas. ¿Es este el final de la madriguera del conejo? ¿Qué hay de todo lo que tenía que ser?¿Por qué estoy tan solo? Ese debe ser mi castigo, el testigo de como los demás disfrutan de todo aquello que quise e ir muriendo de lento dolor. Y todo aquello que no puedo ver todavía resulta más doloroso. Ahí sólo hay dolor y deformación. El trabajo me anula y lo agradezco, pero no es suficiente, todavía soy yo. No quiero leer periódicos ahora que ya está todo decidido, no quiero quiero ver qué libros salen nuevos escritos por gente de mi generación, no quiero ver parejas de enamorados, no quiero ver gente famosa que en el fondo me está insultando, no quiero echarte de menos.
Hace menos de un mes tiré las monedas para consultar el I-Ching: fueron golpeadas contra la pequeña mesa mientras la persona a la que llamo mi maestro observaba. Tenía no sólo una pregunta sino millares de ellas. Fui agitando y lanzando las monedas contra la madera, mostrando una misma cara. Mi maestro anotaba cuidadosamente. El I Ching es un libro oracular. En un principio sólo lo podían consultar nobles y príncipes, pero al ser revelado fue difundiéndose lentamente entre el resto de la población. Mi consulta dio como resultado el hexagrama del pozo:
"En la antigua China las ciudades capitales eran a menudocambiadas a ubicaciones más favorables; o bien, cuando ocurrían cambios de dinastías. El estilo de la arquitectura cambió en el curso de los siglos pero la imagen del pozo perduró. El pozo es el símbolo de la estructura social primitiva, que provee las necesidades más elementales. No satisfacer las necesidades esenciales, tanto como el descuido son desastrosos".
LAS LINEAS: Seis en la base significa:
"No debe beber el cieno del pozo. Ni siquiera los animales van a un pozo viejo".
Si un hombre se rodea de inferiores su vida está sumergida en el barro. Un hombre así pierde
importancia para la humanidad. Pronto los demás se separan de él. Finalmente nadie se preocupa más de él.
Sigo oyendo a los perros después de haber estado limpiando el piso. No hay nadie y vuelve a hacer frío. Es una tarde muy apagada, como todo.
Todo el mundo conoce 1984. Y sabe que lo que ahí pasó fue algo muy crimental. Pero pocos saben que existe un 1985 y mucho menos que está escrito por el gran Anthony Burgess, autor de la Naranja mecánica. En su segunda distopía, Burgess establece un futuro donde los sindicatos ejercen el control de facto del país, bloqueándolo con sucesivas huelgas colectivas propugnadas por motivos absurdos. Asimismo, Londres está muy islamizado, y en ella destacan los minaretes de las mezquitas y los coches de lujo transportando a árabes enriquecidos.
Lo miro con una sonrisa amarga, pero incluso pierdo las ganas de leerlo. Estos sucedáneos son nuestros consuelos, mi soma de segunda, en el que sólo puedo encontrarme con lo mismo y ya estoy cansado.