miércoles, 10 de febrero de 2010


Realmente todos los idiotas tienen suerte. Y yo no podía ser una excepción.
Ayer podía haber sido el último día de mi vida. Y hubiera sido divertido.


Hace algo más de un año, en uno de los retornos al útero, es decir, volver a Barcelona, los amigos tuvimos una larga conversación acerca de los siete pecados capitales. Lo compartamos o no, sabemos lo que significa cada uno. O quizás no tanto, porque cuando se pregunta de esos siete cuál es el que padeces de verdad, entonces nos damos cuenta de lo poco que hemos buscado en nuestra naturaleza humana. Incluso no aconsejo responder a la pregunta porque la mayoría de las veces la respuesta no la tenemos. O aconsejo responder Lujuria, que siempre queda bien y haremos sonreír a los demás, pero lo cierto es que pese a ser el más común de los pecados, en realidad es muy poca la gente que queda más determinada por éste que por cualquiera de los otros seis.


A Dante le marcaron los siete en la frente y en su ascensión por el monte Purgatrio pudo ver cuales les costó más lavar.


El que más nos avergüenza es el que más llevamos dentro.

Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo.
(Epicuro de Samos)


Ayer por la tarde tenía un enorme trozo de carne dentro del cuello: me lo había tragado pero no podía bajarlo. Ni tampoco subirlo y sacarlo por la boca. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde: me estaba ahogando. En ese momento ves que la vieja cocina sigue estando ahí y más allá el pasillo y la puerta entreabierta del cuarto al fondo, pero tú ya no vas a estar ahí. Todo eso se queda pero tu no. Estás luchando por sacar eso o tragártelo. Ambas cosas dolorosas. Y te das cuenta de que la has liado, porque no hay nadie en la casa. La vas a palmar solo, piensas. Vaya puta mierda. Y te ahogas como un cerdo. Algo que llama la atención en las matanzas es que el cerdo gime como una persona, sobre todo cuando lo están agarrando y nota como el cuchillo va a entrarle por la axila para ir directo al corazón, pero la verdad es que somos nosotros los que nos parecemos a ellos cuando vemos que de ésta no se sale y nos empeñamos en salvar el culo. Al final yo ya estaba corriendo nervioso sabiendo que no llegaría al baño, pero tampoco sin poder quedarme quieto. Eso es picar el anzuelo. A veces sólo se lo puedes quitar a un pez abriéndole el cuello. Me golpeé el estómago con todas mis fuerzas en un acceso de rabia y noté como de golpe se iba todo al cuello ahogándome todavía más, como si a la ciudad le cortaran la luz y a mí el gas. Salió de golpe: enorme, asqueroso, mal masticado y casi crudo, en toda mi boca y de ahí al suelo, dejándolo manchado de algo que había salido de mí y que mejor no saber.



Eso es la gula: el ansia.
Comes más de lo que puedes porque mañana ya no queda, y porque ya sabes lo que es pasar hambre, sinceramente prefieres morir reventando porque has vivido como un depredador que como Ugolino en la torre. Y ahí estaba viéndome el pedazo de carne sin que pudiera saber que me había quedado pálido, pero pese al daño pensé eso de "Es igual, mañana te olvidarás y volverás a comer otra vez como un animal. Porque tu has pasado hambre y odias a la gente que mira la comida con asco. A ti te gusta prepararla, servirla bien y disfrutas el momento como pocos." Pero el trozo de carne estaba ahí y la repulsión sigue un día después. Y no, me di cuenta ya entonces viendo aquella guarrada de que no lo olvidaría tan fácilmente, y de que en el fondo y pese a haber perdido todas las partidas, era un tipo con suerte. Al cabo de veinte minutos empezaba el trabajo y una de las compañeras me dijo: Es una alegría verte: siempre estás contento, no sé como lo haces.

Esta vez me sentía realmente muy contento.
Debería haber acabado ese libro, pensé cuando me estaba ahogando.


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Hoy a pocos minutos de volver a entrar al trabajo me he dado cuenta: tío, hoy ya no te tocaba trabajar. Te había tocado palmarla, pero todos los tontos tienen suerte.

Ahora me me voy a cuidar de acabar de una vez ese jodido libro.