viernes, 7 de mayo de 2010



Noche de perros.
No hay algo que perjudique más el carácter de los berlineses que los constantes altibajos de un microclima que ha sido ya varias veces objeto de estudio, porque tiene de todo menos constancia. Caballeros, estamos en pleno mayo y hay que volver a poner las estufas. Los versos escáldicos ya hablaban de tres crueles inviernos como preludio del Ragnarok y los catastrofistas, que en la capital alemana forman una auténtica legión no paran de comentar que en el 2012 la supernova va a acabar con todo y que los mayas eran unos tíos muy listos porque lo han calculado mejor que Nostradamus y San Malaquías. Además todo el mundo sabe que desde que murió Michael Jackson, seguramente por saber demasiado, las cosas ya no volverán a ser lo que eran.
Pero el caso es que por desgracia esta noche solamente he encontrado locos y gilipollas a lo largo de la línea M1, es decir, desde Prenzlauer al centro y eso me ha hecho pensar.
Ayer ya la lié bastante intentando sacar una butaca de mi habitación en la que había más pulgas y polillas que en las posadas de los cuentos de Marcel Schwob. Y lo hice porque organicé una cena con un montón de comida y no sabía donde meter los platos y la gente y además tenía que ser todo perfecto y lo que no podía ser era tener una butaca más grande que la puerta atorada en mitad del cuarto y del pasillo mientras la olla hervía y el horno estaba al rojo vivo, el teléfono sonaba y yo pensaba que iba a ser el fiasco del año hasta que a base de golpes y patadas el puñetero trasto salió de ahí y lo arrinconé contra la puerta justo a tiempo para apagar los fogones y contestarle a Gunnar que me llamaba para que usara su espacio. Los invitados llegaron cinco minutos después de que tirara la butaca por las escaleras y que esta se estrellara en el rellano contra la puerta de la guardería que hay en la planta baja, y al ver aquello me comentaron que la gente estaba muy mal dejando los muebles de cualquier manera por el edificio como si aquello fuera un campamento gitano, a lo que contesté que sí, que tenían razón y que menuda vergüenza de gente y que bueno ya se sabe que aquí todo el mundo recoge cosas de la basura pero que eso de dejarlo todo por ahí tirado tampoco era plan, con lo que les ayudé a cargar los trastos y al cabo de un rato tuve la casa a tope y aquello pareció Londres, porque había tanto humo que ahí nadie veía una mierda. Gunnar llegó más tarde y me felicitó por haber tirado la puta butaca y yo le contesté que fuera a la cocina a traer más vino, entonces todos comimos hasta no poder más y nos pusimos a hablar de cosas aburridísimas y que no le importan a nadie como la huelga general en Grecia o la miseria de sueldos que se cobran aquí en comparación con Francia. En cuanto nos pusimos a charlar de clubs y de música, las chicas pusieron cara de menudo coñazo que nos habéis montado y os odiamos porque preferiríamos hablar entre nosotras de pollas o de los ridículos que podéis llegar a ser en lugar de aguantar las chorradas estas de la política, Dj's y la puñetera música, con lo que al cabo de un rato se marcharon todos y quedaron un montón de platos sucios en el fregadero mientras por la ventana ya empezaba a entrar el aire gélido con el que me he levantado esta mañana. Bajando con el M1 rodeado de vejetes silenciosos y viendo que volvíamos a estar como en marzo, me encuentro que la ciudad volvía a ser una película en blanco y negro sobre la guerra fría. En cualquier momento el tipo que se sentaba delante mío se habría girado y hubiera tenido a Orson Welles diciéndome eso de "cuando se viaja solamente existen dos clases de emociones: el aburrimiento y el terror" guiñándome el ojo. Así que me bajo una parada después y me voy al médico como quien tiene que pasar por el confesionario.

Como siempre con un miedo atroz. Debería decir que aquí los médicos parecen funcionarios del registro: apenas levantan la vista del formulario. Evidentemente después de diez minutos de sala de espera quise levantarme para largarme del sitio porque estaba ya blanco como la leche y a punto de que me diera algo, y es eso que te lo piensas y te dices "no, hoy no", pero la persona que te acompaña te mira sin creerse lo que estás haciendo y ya estás como Jordi Pujol respondiéndole "ara no toca" y joder si tocó, porque la enfermera ya me estaba llamando para pasar por la consulta y yo quería arrojarme por la ventana como cuando algunos se enteraron que habían construído el muro y les tocaba la zona chunga.
- Oye no seas niño.


- Por qué no? Los Rammstein con lo cuadrados que están se ponen a llorar en el dentista.
- ¿Tu eso de donde lo has sacado?

- Lo sé porque la practicante es amiga mía y los ha tenido ahí. Eso pasa siempre con los tíos que son tan machos, que a la hora de la verdad siempre se deshinchan...



- Qué cojones pintan los Rammstein aquí, quieres hacer el favor de entrar?

En esos momentos mi cara había pasado del blanco a la mutación de un yogurt. Incluso perdí todas las fuerzas y no, no quería entrar. De golpe me vi otra vez pequeño y con los pantalones cortos, el peinado ese cutre de cacerola que llevábamos todos los niños de la era parchís y sólo faltaba mi madre diciéndome que si me dejaba poner la vacuna me compraría un click de playmobil o un coche de Lego. Qué fácil era la vida cuando Torrebruno era nuestro mejor amigo. Años después te lo tienes que pagar todo, vas de culo todo santo el día, te enteras que la mitad de los de Barrio sésamo han acabado yonquis y estás en una ciudad donde todo el mundo tiene mala leche y está tan hecho polvo como la economía española. Un desastre, vamos.


El médico fue muy amable, pero al darme la mano casi me desmayo porque ya había hecho demsiado entrando en el despacho y contesté que sí a todo aunque entendiera la mitad y claro quisieron sacarme un montón de pruebas, pero cosa curiosa, ha sido la primera vez que voy a un sitio a hacerme la revisión y lo primero que me dicen no es " ¿Y cómo se llama usted?Ah muy interesante... Bájese los pantalones por favor, le voy a tomar la respiración". Así que salí de ahí más cadáver que otra cosa después de dejarme sacar unas cuantas garrafas de sangre y bueno, la cara de Buster Keaton la he llevado el resto del día, me he puesto a hacer playlists de música indie para cuando me toque pinchar en un local poppie y después fui a recoger más flyers y a hacer el reparto. Entonces volvió a llover y sólo había gente rara. De noche salen los bichos.Una chica pelirroja estuvo mirándome fijamente durnate todo el trayecto en la U Bahn. Al bajarme, bajó conmigo y me paró en mitad del andén para preguntarme como me llamaba y decirme que era muy guapo. La última vez que alguien me dijo algo así fue porque se pensó que yo era una chica, así que no cuenta y evidentemente ésta estaba mal de la cabeza, porque me dijo que quería ir conmigo y yo llevaba un paquetón de flyers que pesaba como una vaca en brazos y le dije que no, que muchas gracias pero que no. Entonces me siguió diciéndome que no podía dejarla ahí en mitad del andén y me acordé que una vez dejé a una chica tirada en mitad de un andén y que en otras dos ocasiones me dejaron tirado a mí, con lo que no estaría mal que algún día hiciera el empate contra el otro sexo, pero yo le dije que no la conocía de nada y que la vida no es como las películas, entonces se puso a llorar y yo ya veía que eso iba a acabar muy mal por lo que dije adiós y me fui escaleras arriba mientras me gritaba. Reparte los flyers que yo te espero aquí. Eso sonó como esas historias japonesas de mujeres locas que de viejas siguen esperando al primetido que nunca volvió en el mismo banco del parque o en el portal de casa.


La vida tiene cosas siniestras. Berlín es siniestro por antonomasia.

Tino Casal ya dijo eso de noche de perros por la ciudad entre el frío de la lluvia glacial. Y curiosamente la escribió en cuanto le dieron de alta del hospital en el cual se quedó aislado del mundo.

La temperatura seguía bajando y la gente iba haciendo cosas más raras.

En el Sage club, que no es otro que el famoso Kit Kat club que sale ne todos los reportajes pero que una vez a la semana ponen rock y no hay nadie en pelotas ni hay travestis que te aten en la cama mientras suena tecno, había otro repartidos de flyers que se había quedado en la puerta. Evidentemente me dejaban entrar, pero sin los flyers. Puñetera gracia. Todo Berlín está en el Sage los jueves. Hay tres pistas, tiene el morbo de ser una fiesta normal en el local del Kit Kat y la música está bastante bien. Pero los flyers se quedaron en la puerta, así que yo también. Entonces doy media vuelta, cojo la U8 para bajarme en Rosenthaler y hacer el cambio con el tram. Hay una mujer tan obesa que no cabe en los dos asientos. Su barriga es como la de un gran buda que no ha llegado a ninguna revelación más interesante que la bola de caramelos que devora sin respirar. Un viejo marica con un pañuelo gris en el cuello le pega bronca a una mujer mientras se lava unas gafas redondas y se retoca las puntas de un bigote que brillaba de tanta cera que le había untado antes de salir de casa. Una pareja de empapaba la mitad del vagón andando de un lado para otro y al salir a la superficie un grupo de ocho góticos me piden los flyers pensándose que hay descuento. Una vez en la Rosenthaler, algo familiar, los chinos que comparten su restaurante con los turcos que hacen Döners en la otra parte del local, el vendedor de periódicos con un montón de marcas de tabaco en las estanterías y los hostales de los que salen adolescentes borrachos que terminana vomitando en alguna acera. Me desvío a la Torstrasse y me meto en el CCCP. Dejo unos flyer y vuelvo a ver a la camarera que esta vez tenía una compañera nueva, española. Vladislav está mirándome con la misma cara asesina de la última vez hasta el punto que creí que era una foto, porque estaba sentado en la misma silla y llevaba la misma ropa que hace dos meses. Al salir voy a bordo el M1 en dirección al país de los juguetes y serpenteamos Prenzlauer comiéndonos en medio minuto la Kastanien Allee.







Me bajo dándome cuenta de que sólo hay gente rara, punks pidiéndote dinero, ancianas encorvadas cargando bultos en carritos de la compra y perros pulgosos. Y cerca del primer quiosco de currywurst que hicieron en el barrio, coincido con Gunnar cruzando el paso de cebra. El tío volvía del trabajo y su rareza le devolvió un poco la normalidad a la atmósfera, pero él también coincidía con que tan sólo se veían tipos extraños.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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