sábado, 15 de mayo de 2010

Forgotten Pub/Cuentos de Prenzlauer

A veces, los guerreros de la belleza se construyen sus templos en garajes llenos de polvo. Allí se entrenan para matar al Leviatán.
Madame H.

Como dije en el capítulo anterior, me despedí de mis monstruos en la parada del tranvía, pero éste hizo el recorrido inverso, hacia un sector de la ciudad que en realidad no conocía. Iba cargando las radiografías y los pasajeros parecían ilustrados en tinta negra igual que en los viejos cuentos infantiles, rostros exageradamente grandes y curvos como los raíles que giraban en torno la cuadrícula de edificios. Al bajarme en la última parada un negro tocaba el piano al lado de una alcantarilla mientras ocho títeres en fila le hacían los coros. Nunca supe que el teatro para locos estuviera al sur de la sinagoga, es más, seguramente había sido todo un sueño como tantas de las onirias que se suceden en este cuadrante, pero Pasolini ya me advirtió cerca de Monbijou que los poetas son los únicos que pueden hablar de la decadencia a través de la fábula.







Y si escribí algo peor que a Contrapelo, fue porque en la larga huída del infierno no encontré a Virgilio en ninguno de los recintos, sino al autor de la divina mímesis filosofando con un cínico Antonin Artaud sobre universos apocalípticos y comportamientos delirantes.

- Lo ves? -Me decía Pier Paolo, aprén de Cartago y escribe algo así en "Irreverencia" y verás lo cerca que llevas la vida a los mortales.
- Las llamas. Las llamas - me recordaba Artaud como si no me hubiera aprendido la lección- el fuego que arde pero que no se consume.
- Y esta música ? Y el puente cerca de Hakescher Markt? - pregunto sorprendido.
- Oh ya lo conoces- me comenta Antonin - Ahí está el local donde empezaste hace más de un año. Y al otro lado...bueno, eso también lo conoces, porque te habían hablado de ello, pero creo que todavía no estuviste ahí.
- Eso es como la casa de Merlín
- interrumpe Pier Paolo- Siempre aparece en el lugar que menos imaginas.
- ¿Entonces eso es el...?

Basta con que mires el letrero.
Así que cruzo Monbijou y la isla de los museos. Las arcadas de Hakescher Markt aparecen semidesiertas con sus ladrillos rojos. Fornidos prusianos empujan toneles de cerveza que hacen bajar por una rampa hasta el sotano de lo que sería el típico pub que te encuentras en una de las callejuelas de Edimburgo cercanas a la royal mile. A mi izquierda el mimo se queda erguido, el bombín sigue en el suelo esperando que le lluevan monedas con las que comprarse otra botella, pero al verlo me di cuenta de que traicioné la causa por la que él luchará hasta que su pudra de frío en alguna de esas arcadas de Berlín o al lado del carrusel de Montmartre, quien sabe, pero antes de ponerme a ver como los expresionistas pintan su cadáver y extrañe la Barcelona anarquista que nunca conocí, me meto dentro del Forgotten Pub, casi a tientas mientras mis ojos se acostumbran a la poca luz deleitándose con el brillo de los cuadros antiguos que reflejan los mitos artúricos en la pared de la izquierda mientras a mi derecha unas vitrinas contienen un montón de libros polvorientos con títulos de los que nunca había llegado a tener idea de que pudieran existir y que parecían prometer grandes historias, la mayoría dignas de ser contadas en los cafés como hacían todavía los rapsodas serbios a principios de siglo o como hacía mi maestro Fernando cada vez que encontraba el momento perfecto.
Al hombre del bar ya lo había visto de niño dibujado en las baldosas de una bodega catalana. Aparecía al lado de un porrón, el mismo bigote y el mismo pelo negro reluciente peinado con la raya enmedio, pero aquí estaba limpiando jarras de cerveza y con un ojo bizco, pero me reconoció.
- O vaya, por fin usted por aquí. Pase, se va a alegrar de verle.
Era como encontrarse dentro de un sello de colección. No sabría como decirlo. El caso es que en el trastero se amontonaban todos los objetos y sentada en el tocador, Madame H. encendía su boquilla mientras hacía una nueva pausa a sus lecturas. Un papel doblado era dejado en el joyero donde según parece guarda todos los secretos que la gente le cuenta, pero al parecer jamás escribe los nombres. - Me alegro de saludar a una vieja amiga.
- Me alegro de volver a verte.
- La verdad es que tampoco sé muy bien lo que debería decir. No esperaba que fuera a encontrarte aquí, la verdad.
- Ya te dijeron que este bar tiene muchas puertas, por qué nunca creíste que pudiera haber una cerca de ti?
- Siempre tengo la sensación de no saber muy bien lo que está pasando, pero al final prefiero mirar a otro lado por no querer insistir más y me pierdo la mitad de todas las cosas que me hubieran podido servir de ayuda, pero la vanidad...
- Ah la vanidad...mi querido amigo, al fin la asumes.
- Creo que no me queda más remedio. Madame, ya véis con que facilidad he acabado asemejándome a esos personajes que tanto criticaba, el mismo desprecio por ellos es el que me ha llevado a igualarlos.
- A sobrepasarlos, incluso.
- A sobrepasarlos... también. En fin, he dado muchas vueltas y no he conseguido gran cosa. Aún.
- De nuevo la vanidad, Smoboda... En fin, sé que si vienes aquí vienes para acabar haciendo lo mismo que todos los demás. Vienes a buscar algo perdido, no?
- Bueno en realidad podía venir a encontrar muchas cosas, pero creo que mejor que se queden donde estén. Llevarlas conmigo sería arruinarlas.
- Eso es lo que crees tú.
- De todos modos siempre quise tomarme una copa en este sitio. Ella también estuvo una vez aquí, verdad?
- Sí, pero de eso sabes que no podemos hablar.
- Cierto. De todos modos veo su máscara: es la que cuelga ahí. Conozco esa máscara porque era su favorita.
- Así es, Nihm.
- Tu y yo la conocíamos y eso fue un regalo. Ninguna mujer pierde una parte del rostro y eso que está ahí es mucho más que un objeto y más que una sombra, era algo que formaba parte de ella.
Empiezo a servirme una copa de la botella de cristal translucido.
- ¿Y qué has estado haciendo?
- He intentado escribir. En realidad he bebido bastante. Bueno, era como viajar todavía más, una forma de ver los palacios del pretérito a través de las mentes de personas muertas. Es un juego peligroso, lo sé, pero yo lo hice porque buscaba una belleza superior. La vanidad. Otra vez. Llegar donde no hubiera llegado nadie. He estado encerrado en un largo sueño en la lejanía del monte purgatorio imaginándome dentro de los libros que ella no pudo escribir, pero de los que tanto me hablaba, tan sólo con la esperanza de ser capaz de continuarlos algún día para que no quedaran perdidos. Pero por ahora no he logrado hacer nada. Las palabras siguen arrastradas por las corrientes del Lete. - Libros... Precisamente aquí hay un libro que sé que es para ti. Este es el objeto que en el fondo venías a buscar. Los cuentos son importantes. Tú mismo lo has dicho. Incluso has dicho que muchas épocas de tu vida parecían un cuento.
- Sí, es verdad. Lo digo cuando todo me recuerda mucho a alguna historia. Entonces es cuando empiezo a comprenderla de verdad y el cuento pasa a gustarme, porque soy de los que no les gustan esas historias idiotas, pero después me doy cuenta de que en su día no lo supe leer bien, porque.. sabes una cosa? nunca se me ha dado bien escuchar a los demás.
- ¿Entonces querrías este libro?
Y veo como Madame H me pasa un volumen que me resulta familiar, unas tapas viejas que se caen a trozos, unas ilustraciones preciosas, mi lengua materna llena de anacronismos.
- Gracias Madame.- Y después de acabarme la copa le digo muy seriamente - No quiero ser un muñeco toda mi vida. Y estoy cansado, muy cansado. Creédme.
Madame saca una última bocanada de humo. Todo se desvanece como en un sueño. El libro no está al lado de la cama ni en ningún lugar del cuarto. Yo había estado poniendo música toda la noche en la Prenzlauerdead party. Personas amontonadas bailando, los discos amontonándose encima la mesa y los compacts entrando y saliendo, el volumen inauditamente alto, el clima de puro fervor. Fantástico. Llegué a casa arrastrando la maleta cuando ya se había hecho completamente de día, me quito las botas y me tiro encima la cama con toda la ropa puesta. Al despertar Gunnar hacía rugir la máquina de café, estaba lloviendo y el libro no aparecía por ninguna parte. Tampoco existe ningún Forgotten Pub, o más bien sí que existe y todos vamos a él alguna vez a contarle las cosas a la misteriosa Madame H cuando lo necesitamos o buscamos algún objeto que con los años terminamos dejando en el olvido, pero el Forgotten Pub normalmente no se ve. Fue una mañana muy fría.