domingo, 31 de mayo de 2009

"We don't believe in credibility,
because we know that we're fucking incredible."

Y lo somos.
Llevo demasiados días seguidos viviendo para trabajar. Pero por mucho que anule y todos esos dramas existencialistas, me pregunto qué tiene eso de malo en una época donde nadie puede hacerlo. La explotación como privilegio no cabe en mi mente como concepto ni en la de cualquier otro con un mínimo de sentido común, pero el clima de recesión nos hace sentir orgullosamente engañados. Alemania ya anunció que paraba la locomotora europea. Francia ha hecho lo mismo y el milagro irlandés se ha desvanecido tras estallar su burbuja inmobiliaria. No éramos los únicos. Basta coger un periódico y leer entre líneas. Ahí te lo encuentras todo. El hambre cambia el arte. ¿Cómo si no se entiende a Rubens o a los libros de Rabelais? Qué importancia tendría la figura universal del pícaro si no fuera por los estómagos llanos?He leído incluso que los cines vuelven a llenar. El escapismo está garantizado. Es tanto el estiércol que alguna vez tocará mirar a otro lado y encontrar algo que nos guste. Si me preguntan qué he hecho estos días no puedo dar demasiadas respuestas. Prácticamente no me acuerdo porque era todo bastante parecido. Mi vida se concentra alrededor de una isla de casas. Ahí lo tengo todo pero porque tampoco puedo permitirme muchísimo más. El resto lo pone la imaginación.

jueves, 28 de mayo de 2009

miércoles, 27 de mayo de 2009

lunes, 25 de mayo de 2009

sábado, 23 de mayo de 2009

viernes, 22 de mayo de 2009

jueves, 21 de mayo de 2009

miércoles, 20 de mayo de 2009

martes, 19 de mayo de 2009

domingo, 17 de mayo de 2009

domingo, 10 de mayo de 2009

Estos días cerraré la embajada del beau Brummel en Berlín.
Tomo prestadas las palabras que el poeta inglés Stephen Spender dedica a Christopher Isherwood, autor de Historias de Berlín:
"Siempre fue igual. Nunca cambió a lo largo de su vida. Lo triste de Christopher es que siempre lograba dramatizar la vida de sus amigos ante ellos mismos. Lo triste y fascinante de él es que creaba una personalidad a medida de cada uno, que era siempre una exageración de nuestra propia personalidad. Esto era muy halagador, claro, pero lo incómodo para cada uno es que podíamos terminar creyendo que en realidad éramos lo que él fabricaba para nosotros."
Llego a primera hora de la mañana del trabajo. Las piernas agotadas y los primeros pájaros despertando los balcones de Prenzlauer, ese mundo perfecto. Vivo en Prusia, un país que no existe, y a la vez en la capital de la DDR, otro estado que quedó disuelto. Hay tanto espacio libre que es posible diseñar ciudades enteras o experimentar sistemas que después vamos a tener que condenar. Nos consideramos jodidamente malos en todo pero somos inimitables.
Ahora ya he averiguado quien soy cuando me quedo sin un euro y no me desagrado tanto, porque siempre hay algo que escribir. Al levantarme decido cancelar mi cita con la náusea y tomo el té solo sin más compañía que un jarrón con flores marchitas. Miro entre los discos algo de la Mome Piaf y preparo el último narghile para más tarde.

sábado, 9 de mayo de 2009

Sí, podían ir solos éstos dos. Llegaron a Berlín despilfarrando toda la pasta que les quedaba y terminaron en la Nollendorfstrasse comiendo un huevo cocido al día. Unos zumbados. El primero marchó con 29 años a Berlín dejando a la mujer diciéndole que él era el Delgado Duque Blanco y la siguiente parada una ciudad que vivía inmersa en el mayor bloqueo en mitad de la guerra fría. Y lo hizo con su gran amigo, un personaje tan hecho polvo que apenas se enteraba de nada de lo que ocurría porque el hombre iba ciego de todo. Iban a Europa para inspirarse y se inspiraron bastante: Cuando les hacían entrevistás en el Café de París de la Kantstrasse estaban tan pasados de vueltas que se dormían o se desplomaban directamente encima la mesa. Después se calmaron o lo hicieron ver muy bien y trabajaron como nunca habían hecho, sin demasiados recursos y en un sitio donde la gente no les prestaba demasiada atención.

viernes, 8 de mayo de 2009

From Malkuth to Kether

En otra crónica de mi odisea inversa he hablado de extrañas noches paseándome como un esqueleto en círculos. Supongo que incluso hoy en día el porqué de mi traslado todavía choca y molesta, aunque hace más de mil doscientos años Li Bai ya hubiera escrito desde la montaña esmeralda la razón por la cual fui desplazándome hacia un país que no existe. He seguido girando sin detenerme para nada de la misma manera implacable con que lo hace la rueda de la fortuna, sabiendo que esta jamás se detiene ni para bien ni para mal.
Y ayer volví a girar entorno del Ring de esta ciudad, moviéndome desde la S41 hasta Charlotten y de ahí al bello Schöeneberg. Aquella mañana en la calle de las acacias, el reloj de la iglesia era completamente de oro y el sol se mezcló con los tilos rubios. Estuve trabajando en un negocio de vinos moviendo cajas y llevando un furgón hasta el pulmón burgués de Savignyplatz. Algo así como el lugar al que un ossie nunca iría. La propietaria me regala un crianza con el que aparezco a la salida del metro que hay en Richard Wagner Strasse.
Evidentemente voy hecho unos zorros, pero minutos después estoy invitado en casa de Lilith Nightingale y al cabo de poco ya me encuentro aseado, descorchando el vino y comiendo algo antes de largarnos al Wannsee. No era ahí donde Heydrich planteó abiertamente a la cúpula del III Reich la solución final al problema judío? Lo tenía por un Walhala en la tierra donde los grandes jerarcas mantienen unas villas costosas hasta el extremo de quedar abandonadas por impago en mitad del espesor salvaje de Grünewald. Nada más lejos de la realidad. Ahora en Wannsee están algunos de los que mueven iniciativas culturales y las élites estadounidenses tienen un par de escuelas para futuros tecnócratas.
De ahí salgo arreglado con la ropa de su padre y da más la impresión de que vayamos a la ópera que no al encuentro con una gente que se dedica a hacer pelis. Evidentmente ya me aclara que se trata de Telefilms pero de fondo histórico, con lo que deseo que no se trate del flipado que hizo las ruinosas versiones de Merlín, Cleopatra o Troya que me han provocado más de una taquicardia. Entonces recuerdo a Venus y pienso en cuando me dijo que aprovechara las ocasiones. También pensé en cuando le pregunté donde estaba Coma White y no me quiso responder porque no era tiempo apra volver a tirar las cartas.
Llegamos al Wannsee y es precisamente eso: villas lujosas de antiguos altos cargos en las esferas políticas, ricos retirados y alguna asociación cultural. Ahí vamos. La casa de los escritores. Me siento como un pez fuera del agua al quedar apartado del frío y gris Berlín para encontrarme entre bosques, caminos de hierba fresca y un lago tan hermoso que daba la impresión de haber descubierto por primera vez el mar. Esto existe? Fue lo primero que se me escapó.
Y existía de verdad. De una de las casas de esa comunidad ideal salió un hombre bastante mayor con barba blanca, bufanda, sombrero y unas gafas diminutas. Nos dio la mano y fuimos a una terraza a merendar mientras los barcos atracaban en la orilla. La casa de los escritores, pensaba. Ganan un concurso, vienen aquí, viven aquí y una vez acaban un libro se largan o pueden presentar otro proyecto. El tipo ese tenía su productora ahí mismo. Estuvimos hablando de la rivalidad entre Marlowe y Shakespeare y la posibilidad de seguir trabajando en ese tema. Evidentemente yo quedaba excluído de la conversación. Simplemente era la rareza, el simpático acompañante o el fenómeno descubierto en otro país. En cuanto Christian me dio la mano y se presentó como director de la Shakespeare Company de Berlín creí que la conversación no saldría del teatro isabelino. Peron unca hubiera imaginado que Lilith jugara tan bien en esas mesas y dijera que el escritor catalán tenía una obra que encajaba muy bien con lo que él andaba buscando. Me quedé pálido de golpe. Traté de escapar de la situación diciendo que estaba escrita en catalán y que no podía traducirla porque mi alemán seguía siendo muy malo. Sin inmutarse el tipo me responde que me financia la traducción y mep regunta si conozco a Calixto Bieito. Casi me muero del susto. Calixto Bieito fue el único que defendió mi obra de teatro en el tribunal del concurso de la Fundación Romea en noviembre del 2001. Cómo no voy a conocerlo. Gracias a aquello me atreví a montar Els fills d'Isis. Una mujer gruesa por todas partes llegó berrando con una enorme olla de spaghetti y estuvimos los seis comiendo mientras me aguantaba la risa tratando de no romper aquel clima de perfección. Demasiado fuerte para creerlo. Evidentemente eso jamás sucederá. Pero mejor comer del árbol que quedarse mirándolo. Al largarnos le dije severamente a la sibila que se había vuelto loca. Estamos aquí para hacer cosas y llegamos tarde a la conferencia en H.Markt, contestó fríamente. El director se ofreció llevar a su musa en el asiento del descapotable. Y yo iba detrás al lado de un oso de peluche.
Así que cinco minutos más tarde estamos yendo disparados por la famosa Autobahn hacia el centro de Berlín en un pedazo bólido, arropados en unas mantas y con música de Kusturica a todo trapo. El viejo lleva puesto un casquete de aviador y va haciendo fotos mientras toma el desvío que lleva a la torre de la radio. Menuda panda. El Palacio de congresos está ahí al lado del semáforo en rojo como si se tratara del tipico escenario de una película futurista. El típico conductor de autobuses de Berlín se pone a charlar con nosotros, muerto de envidia la ver al cabrón del viejo con una chica tan joven. "Así que Shakespeare, eh?" Grita mientras el viento nos golpea caras. Desvío la cabeza y lo veo todo tintado a través de las enormes gafas de sol. El ángel de oro que separa el Tiergarten está enfrente mirándonos y al otro lado el sol se oculta en un último esfuerzo por brillar. La música suena absurda, surreal. El oeste es otra historia, completamente distinta. Llegamos a H. Markt a base de sortear las calles de la zona judía y dejando atrás el Zapata, el falafel Dadá, el Estudio 54, Tacheles... esa mierda para turistas. La cúpula hinchada de la sinagoga más grande de Europa está ahí apretada entre edificios de principios de siglo, el oso de peluche me mira como diciendo"tío a mí no me pidas explicaciones" y de un frenazo el tipo nos deja en un pedazo edificio con varias vafeterías, velas y lámparas, un patio y una conferencia sobre el sujeto, tema tan genérico que daba para las dos horas en que un tribunal de prestigiosos doctorados aburrían sin piedad a un nutrido grupo de intelectuales poppies que ya estaban enterados de todo, gafapastas, chicas de la facultad de filosofía que se tiraban al profe y todo ese bestiario que vemos en todas las presentaciones de libros que solamente se compran cuando es por obligación. El coñazo en cuestión me llevó a echar de menos al viejo y mucho más al peluche, tuve que salir un par de veces al cuarto de baño para aguantarme la risa ante tanta seriedad y me di cuenta de que en realidad la gente estaba ahí por el morbo de ver a un ex terrorista del Baader Meinhoff 30 años después haciendo de moderador de la tertulia, pero ahí estábamos, en el centro de todo con la chaqueta americana de un tipo pequeño y delgado que me dejaba sin demasiada libertad de movimiento intentando entender algo de lo que estaba pasando. Acaso no había empezado el día cargando cajas? Salimos en estampida para entrar en el enorme edificio medio ruinoso que es el Ballhaus. Ahí veo a parejas de lesbianas bailando tango, camareros engominados llevando comidas humeantes y una música vieja y los asistentes aplaudiendo a la gente de la pista entre pieza y pieza. El ambiente es chocante. El cocinero me pregunta si soy italiano y si sé hacer la auténtica pizza con un horno de leña. Le digo que por supuesto y me pregunta si estaría interesado a trabajar en el fogón porque él no da para más. Lilith me rapta y me lleva al piso de arriba todavía más lujoso, donde una banda de zíngaros tocaban swing y la gente cenaba en largas mesas desmontables casi a oscuras en lo que parecía un enorme salón rococó apagado con una gigantesca lámpara de cristal de la isla de Murano enmedio. Nos sentamos en un diván y tomamos una copa de vino. Entonces escucho las voces que no entiendo porque todas forman una. Es como el sonido dentro de un instrumento de viento. Gira deformándose y la oscuridad hace exactamente lo mismo: tragar. Veo lo que debió ser Irreverencia. Veo a mi personaje, a la corte del Madrid de los primeros borbones. Veo lo que fue una cena en aquella época pero sobre todo oigo como se mezcla todo ese sonido. Los cubiertos colpeando suavemente la porcelana, conversaciones de hambrientos, copas encontrándose en brindis, voces graves, risas quietas, altos techos, aire lleno de palabras. Ahí estaban las noches de Aranjuez. Ahí el laberinto por el que tendrá que moverse el personaje. Sí, estuve bien ver los grandes palacios prusianos en noviembre, pero estaban vacíos. En cambio meses después y de forma fortuita me encuentro con el ambiente, pero en penumbras, como debería haber sido en más de una velada. La emoción me mataba por dentro. Lo tengo, lo tengo, lo tengo. Pensaba. Quería marchar de ahí y escribir el resto de la noche. Y al cabo de poco cogía otra vez la SBahn iluminado y con la sensación de que había encontrado otro de los puntos con los que no me perdería en la complicada elaboración de la segunda parte de mi novela. Esos cubiertos me habían salvado la vida. Vi que no me perdería y que seguiría de estación en estación hasta el regreso a Ítaca. Porque lo seguía sintiendo.
«¿Dudas en tus votos y plegarias, troyano Eneas?
¿Dudas?
Pues bien, no antes han de abrirse las grandes bocas de esta atónita casa.»
E.Libro VI. Sibila de Cumas.

martes, 5 de mayo de 2009

Mangalwar-5

Un martes demográfico entre los fogones de la cocina y los estudios sobre la población. Leo el libro sexto de la Eneida, en el que el héroe entra en los infiernos al lado de la sibila. Entonces pienso en las fotos que me enseñó Lilith Nightingale e imitando la idea de una blancanieves moderna, empiezo a diseñar las adaptaciones de otros cuentos clásicos en imágenes. Me salen unas series tan monstruosas sobre el papel que sueño en hacerlas de verdad para algún día montar una exposición con todas ellas. La rama de oro está en un florero encima la mesa, doblándose hacia la ventana. Me imagino llegando a Cumas junto a los restos troyanos. Me siento en la silla y repaso alguno de mis escritos, me río con algunos pero acabo haciendo tachones en las libretas. Pongo música y salgo a dar una vuelta, pero al doblar la calle tengo una idea y vuelvo a casa para reabrir un capítulo de la segunda parte de Irreverencia y añadir un detalle que hace que todo cuadre intentando hacer honor a la teoría del cubo. Celebro el éxito descorchando una botella de vino de mesa. Llega Deneuve y me pregunta qué capítulo estoy escribiendo exactamente para recordarlo el día en que lea mi novela en alemán. Le digo que este mes he empezado trabajando en las dos versiones de la Cort bubònica, pero que pronto me pondré a rescribir los episodios en Roma, porque a estas alturas ya veo que han quedado muy flojos, y me doy cuenta de que debería aprender a describir mejor los paisajes. Ya me dijeron que una cosa en la que se fijan mucho las casas editoriales es en como describes una atmósfera, pero en el género histórico eso supone asumir muchísimos riesgos. De golpe Gunnar prepara café para todos y se comporta como si fuera un croupier de Montecarlo con medio cigarrillo en la boca repartiendo ases a los distintos participantes. Pongo unos videos de la new wave y me permito saborear una pausa.
«Canto las armas y a ese hombre que de las costas de Troya llegó el primero a Italia
prófugo por el hado y a las playas lavianas,
sacudido por mar y por tierra por la violencia de los dioses
a causa de la ira obstinada de la cruel Juno,tras mucho sufrir también en la guerra,
hasta que fundó la ciudady trajo sus dioses al Lacio;
de ahí el pueblo latinoy los padres albanos y de la alta Roma las murallas...»

Pero el último SBahn está averiado y media hora después ya me he leído todo el periódico. Sin billete y sin destino y el vagón acartonado como una enorme caja de zapatos. Cerca de mí el deficiente que pide vendiendo sus lástimas, el gordo de gimnasio con cuatro pelos en la cabeza, la vietnamita con pinta de haberse atizado unas cuantas bolas de opio. La situación es jodidamente estúpida y pienso que debería haberme quedado en Charlottemburg. Pero los que nos hemos quedado ahí somos todos una panda de pardillos con una paciencia digna de seis monumentos. Es la una y media, mi día de fiesta y necesito tomar una copa o voy a matar a alguien. El mono está a mi lado y me dice que nunca seremos buenos amigos si no aprendemos a aceptarnos. Odio al mandril y en el fondo deseo patearle el culo. Está pegando un frío del copón. El conductor se apea y quiere abandonarnos en ese desierto de puentes de acero. Entre varios lo immobilizamos y veo como lo abren en canal. Decido ir a pie hasta la Donckerstrasse mientras oigo como protestan contra la BVG. Estoy a más de media hora y desde ahí no tengo ni puñetera idea de como llegar a ningún sitio. Pregunto a unos turcos que intentan atracarme. Pero en ese momento un farlopero gay que aparece en el suplemento de los domingos los atropella mientras su hermano le hacía una mamada. El tipo empieza a sacar los papeles del seguro pero yo ya estoy doblando la esquina. Al final me encuentro en mi club unas dos horas y media después de lo que dije. Un enorme rótulo con letras rojas dice FREAK SHOW. Me encuentro con el espectro de Riccardo que me dice No entres! Pero la puerta ya está abierta y una mano enorme me coge como a un muñeco y me tira a una pista negra con un montón de gente vestida de negra y bastantes problemas psicológicos. La misma puta mierda de siempre. Esta es mi gran Eneida en los mares de niebla, función de monstruos de feria que hablan como animales enjaulados. Los grandes y los parásitos. "Te crees muy listo, pero esas tías se te echarán encima para destrozarte. " "De momento se matan entre ellas. " Me saludan y voy dejando todas las armas encima la mesa para poder tomar una copa. El mono me dice que tiene que ir al retrete y desaparece. El clan de los italianos está casi al completo. Veo nueva carne de batalla y el amigo Ralph vuelve a apoyarse en la barra para preguntarme que tal estoy. A veces pienso que Ralph es solo una ilusión. En realidad Ralph no existe. Yo nunca lo he visto en otro sitio que no sea el Dunckerclub. Incluso creo que en realidad no lo conoce nadie. Snuffboy pasa por ahí con cara de no enterarse de nada, la carapán se cruza conmigo y le pido que suba por las escaleras y desaparezca de mi vista. Acabo en el patio y me encuentro a Holgo saludándome eufórico. Tanto que al verlo doy media vuelta y me vuelvo a la barra para mayor consternación de ese grajo. Deneuve no tiene el libro, Alexa me coge y me pregunta porqué no la llamé para hacer un café y en ese momento el Dj se acuerda de poner algo de Placebo. Creo que en ese momento todas las personas han desaparecido pero en realidad están bailando colgados del techo. Freak show. Un espectáculo de errores y horrores. Nada más cerca de la realidad. El forzudo que no es capaz de levantarla. El fakir que se clava cuchillos alegremente. La mujer que era un tío y el enano cabrón. La gorda que huele demasiado fuerte y el tirapedos más rápido del mundo. El hombre de las mil veces y los trescientos trastornos, los niños aplaudiendo a los monstruos. Los monstruos creyendo reír. Los monstruos se mueven, hablan, bailan torpemente. Van cayendo hasta que sólo queda uno. Suena Alabama song. Son las seis y media de la mañana. Estoy solo en la pista. No queda nadie más. Todo el mundo se ha ido. Estoy bailando y he ganado el premio.

domingo, 3 de mayo de 2009

La construcción de Heroica


Tarde de domingo en la casa amarilla de la Schliemannstrasse, con varios papeles cayendo al suelo: Imágenes de una leyenda futura, historias entrecruzadas en un panorama de confusión que señalan el inicio de la distopia. Llevo años siendo el arquitecto de esta nueva cosmópolis describiendo la vida en cada uno de sus estratos sociales.
Sí, decididamente Berlín era el lugar donde tenía que estudiar y ensayar todas esas ideas. Me doy cuenta de que a lo largo de la historia industrial pocas ciudades se han convertido en el centro de sistemas políticos tan contrarios como aquí. He escuchado las experiencias personales de los hijos y nietos de muchos de ellos y no puedo dejar de sentirme abrumado. A la vez presencio la gran división entre los distintos distritos de esta capital y con ello ideo ese régimen de libertades basado únicamente en la capacidad adquisitiva de cada ciudadano, que no deja una traslación de lo que verdaderamente está ocurriendo. Imagino los distintos tipos de edificios de ese futuro hipotético y el orden que rige sus calles. Lo traduzco mal a mi propia cultura jugando con la regla de la probabilidad. Juego con distintas mentalidades dando brillo a las grandes contradicciones que mueve cada una. Hago un cúmulo de distintas situaciones en un mismo marco. Debo luchar contra la novela del siglo XX y volver a la masa como personaje. Basta de egocentrismos entorno a un alter ego del autor. Apuesto por fragmentarlo en distintos rostros como ocurre con las personas ue encontramos en nuestros sueños, mezclas de odios y atracciones. Llevo años haciendo una estructura con todas estas cosas, trazando líneas clave para poder contar algo que pueda sentar como un tiro en la cabeza.
Lo llamo Heroica porque está dedicada a esos héroes que no tienen conciencia de ello. Heroica por ese 31 de enero en el que Ludwig Van Beethoven terminó la tercera sinfonía borrando la dedicatoria al monstruo de Napoleón para dar la que por aquel momento era su mejor obra a las víctimas de este. Con ello mataba ese sueño de un nuevo orden que había alimentado la pasión de los ilustrados. Pero a la vez esa música significó el despertar de las naciones, de los que habían quedado sin voz por culpa de las monarquías absolutas. Mi Heroica en cambio, es puro terror. En ella cabe todo: la transgresión, los valores más humanos y la crueldad más grande, la aventura, el cinismo, el sexo y el consumo, las obsesiones, la rebelión, el amor y el absurdo. Todo es diferente a lo que comunmente encontramos pero a la vez existe un símil muy fuerte al que tememos acceder de manera expresa.

Retretes de disco

Noche de perros y la habitación llena de flores y música de vinilos. En el cuaderno tengo anotado cosas que aprovecho para todas las cosas que intento escribir. Una taza de té turco sigue humeante a mi lado y abro la ventana para oír la lluvia entre las hojas de los castaños. Ayer estuve colgando chaquetas en el guardarropía de una discoteca o algo así. El propietario es un marica depresivo que se encierra en un pequeño despacho para hacerse unas rayas kilométricas y salir cantando diciendo que volverá dentro de dos días. Los que organizan la fiesta pelean con los cables y los equipos de sonido y la S-Bahn pasa por encima rugiendo como los corceles de Hades dirigiéndose al Cocito. El estruendo es toda una descarga de energía y puro rock. Las chicas se maquillan en el enorme espejo del baño y me dejan los zapatos encima el mostrador preguntándome si se los puedo guardar gratis. Luego cae el número de teléfono. Me pongo a leer la novela en inglés que mi compañero de piso me ha prestado y tomo una Fritz Cola de café, lo cual es un auténtico lujo teniendo en cuenta de que tengo que ver como todo el mundo se está divirtiendo mientras yo me siento como un pájaro enjaulado con un montón de chaquetas y bolsos en la espalda.
El mundo es pequeño. Venus me presenta a Angelo, el guest Dj de la fiesta que llega con su mujer y varios kilos de simpatía. Él fue la persona que les enseñó a meter música y a la que ha tenido un hueco ha pasado por Berlín para hacer una sesión. Angelo no es solamente una persona que trabaja desde hace más de 22 años en este oficio. Es una persona que sólo ha trabajado de esto en toda su vida, eso sí, en todo tipo de clubs y prácticamente siete días a la semana. Desde el primer momento aceptó poner cualquier estilo de música e intentar hacerlo siempre lo mejor posible. Su presencia anima a cualquiera y el optimismo que destila es más que admirable. Estamos charlando un rato mientras espera su turno y me dice que estuve en Barcelona una vez porque su primo era el socio capitalista de una pequeña pizzería en la calle Comte Urgell. Cuando me dice que la pizzería se llama Roma me quedo de piedra y me entra la risa nerviosa. Le pregunto si conoce a un tal Carmine y él también empieza a reír diciéndome que no se creía lo que estaba oyendo, que claro que lo conocía, ese era el otro socio, el que llevaba el local. Todo es absurdo: yo estaba siempre pasaba por el Roma y muchas veces sabía que para darle una alegría a alguien lo mejor era ir ahí a buscar suflí. El tal Carmine es un tipo con varias personalidades al que no le gustó demasiado que me fuera a vivir a Alemania pese a que él hubiera hecho algo parecido. Además el cabrón hace muy buena comida, la misma que puedes encontrar en Italia. Me acuerdo que me dijo que yo acabaría volviendo, y eso siempre ha quedado ahí. Existe algo que se llama evidencia. Y contra eso no hay demasiadas posibilidades. La cuestión es que Angelo me puso el Ashes to ashes de Bowie y la sala era completamente azul como el cuarto en el que pensaba. En la sala de al lado los focos eran rojos y la música electrónica se mezclaba con el arrepentimiento del Delgado Duque Blanco, el cual paseaba por la playa del videoclip convertido en un triste Pierrot. Mi madre ya me dijo que no me mezclara con gente como el Comandante Tom. Llega Lilith Nightingale, se sienta en un taburete y me dice que Jung no era fascista. Me cuenta que está leyendo la edición alemana del final del Laberint de Salvador Espriu y que le encanta el minimalismo del poeta de Sinera. Al ser una versión bilingüe ve el gran contraste entre mi lengua y la suya, la traducción hecha de forma no literal y seguramente acabará hablándole a sus alumnos de este autor que era capaz de rechazar premios y a no optar por un Nobel para poder denunciar una situación que Europa no quería mirar porque tenía demasiados intereses económicos en la milagrosa economía del gobierno monocolor del tardofranquismo.
Deneuve llega con una copa de vino, las presento y en ese momento se incendian los lavabos de la discoteca. El humo llega a la sala pequeña, los porteros llegan con el extintor mientras tiro hielo picado a los rollos de papel higiénico que están ardiendo. Nadie sabe como ha podido ocurrir, pero se ha visto a Snuffboy merodear demasiado rato y es el único que ha desaparecido. En la sala roja suena Covenant y algunos dicen que se quite esa mierda. El cantante vive en Berlín pero no se come una rosca con ninguna y se ha convertido en objeto de chiste fácil, tanto que cas no sale de fiesta. Las estrellas muertas todavía arden.
Salgo con el dinero ante la tristeza general y cojo la U Bahn. Unos tipos gordos están cantando con sus botellas de Berliner y yo sólo pienso en coger la cama y desaparecer. La estación elevada muestra los olmos magníficos, las calles desiertas y un nuevo día gris con frío matinal, pájaros posándose en los marcos de las ventanas, familias que madrugan para ir juntos al Flohmarkt a comprar trastos de segunda mano, el vendedor de crepes en la esquina de la Spaarkasse y mi compañero de piso volviendo de la cocina de un McDonalds en el otro extremo de la ciudad. ¿Nos largamos a Islandia a pescar bacalao? No podemos evitar reírnos de todo mientras los primeros cafés enseñan en sus pizarras el precio del brunch buffet y el freak de los siete sombreros en la cabeza y los pañuelos de colores colgándole por todas partes nos dice que la vida es maravillosa y que dios está con todos nostros.

viernes, 1 de mayo de 2009

Purcell

Si hay algo que me llega al alma fue ver que la noche en que puse música en el Mokum algunas personas quedaran extasiadas en cuanto vieron que estaba sonando Klaus Nomi para ellos. La sorpresa fue total. Incluso en su país no son tantos los que lo conocen. Mi admiración por el último gran contralto es total. Ha sido uno de los descubrimientos musicales más extraordinarios que he hecho en Germania y ya hablé de él en otra entrada del cuadrante rojo. Pongo esta versión completa que Nomi hizo del que es uno de los temas más bellos del compositor Henry Purcell. Con esta canción he escrito algunos de los que llamo los grandes pasajes de Irreverencia, mi libro, que es la primera cosa que veo cada día al despertar. Esta música me ayuda a encotrarme cara a cara con algunos de los personajes en algunos de los momentos de sus vidas ficticias. En su época sonaba esa música que algunos decían que venía directamente de Dios. Quisiera que en el futuro muchos puedan verlo también. 
No soy Zafón, pero he visto a las chicas más guapas hablando de él con una emoción tan fuerte que me parecía imposible no darme cuenta lo importante que era para alguna gente poder sentir su rescate a través de las páginas de un libro. Me hablaban de él y habiendo visto lo mismo tres veces no puedo criticarlo. Mi rencor ha sido grande ante los éxitos ajenos.  Me he desesperado cada vez que veo como otros consiguen llegar a completar la maratón y sin embargo yo sigo en el laberinto. Yo lo que he visto cuando me hablaban de este hombre no lo he logrado nunca y debería sentirme que lo haya logrado alguien que pertenece a mi cultura. Nada más. Me pongo a escuchar a Lully, a Purcell, Marcello. Y sigo trabajando en el monstruo como si fuera lo más importante que he hecho en mi vida. Hay demasiados motivos.
No me importa fregar platos ni limpiar cristales si por una vez en mi vida puedo hacer aquello que realmente quise.  Me gustó mucho poder poner música y que vinieran y me dieran las gracias por rescatar a ese hombre recordándolo en la superficialidad de la noche.