martes, 29 de diciembre de 2009

Mi maestro me dijo que toda la gente que conocía que había ido a la India volvía bastante tocada con el rollo místico y que se pasaba el día exhibiendo su supuesta conversión hacia una superioridad que los demás nunca tendrán. Pedantería, vaya, porque en ese país sólo miran la tele y los bodrios de Bollywood.
La mayoría de gente fumeta que conozco y que tuvo la pasta y el tiempo para largarse ahí volvió del palo, con esas gilipolleces que a algunos nunca nos dejarán comprender para que ellos tengan siempre la profundidad y la sabiduría.
Hoy estaba ya otra vez en Berlin, sentado en el banco frente a la Gethsemani Kirche esperando a la bella prusiana después de haberme estado besando con todas las chicas del Duncker club por propio derecho y despecho. Llegó puntual entre la niebla que escondía la fachada roja y el campanario y en ese momento mis guantes de piel se habían detenido en los párrafos de un aforismo:
"Una joven que flirtea con su belleza no es casta;
un erudito que flirtea con sus conocimientos no es honesto".
Y pensé que estaba de acuerdo con lo que aquel chino había dicho dos mil años antes de Cristo y de tantas capulladas que hemos tenido que llegar a escuchar. Así que nos saludamos después de tanto tiempo y bajamos galantemente hasta la humareda del primer café con una bolsa de caramelos con una nota en la que apenas cabía una frase pero que contenía un mundo entero.
Así que al final conseguiste terminar esa obra de teatro?
Sí. Al final. En cuanto llegué a Barcelona me fui a entregarla al concurso. Y me voy a olvidar una temporada de los cabarets.
En mi época de noctámbulo por Barcelona, cuando erraba como un príncipe de un sitio a otro, me guiaba por una moneda. En Berlín hice lo mismo para pasar de un sefirot a otro, una moneda soviética que encontré en una de las tiendas de anticuario que suelo guardar en el pecho junto a la carta de una prusiana que me dejó pòr otro antes de pedirle nada, una enorme moneda con la que le pido al azar en qué parada debo bajarme, qué historia voy a escribir y a quien voy a llamar por teléfono. Porque es lo mismo. Tarde o temprano habré recorrido toda la ciudad, habré escrito todo lo que tengo que escribir y me habré acostado con todas, porque sólo existen dos tragedias, no conseguir lo que se desea y conseguirlo, las cuales nunca se sabrá cual es peor ,pero yo sé que me tocará la segunda y no la primera. Y mientras saludo con una sonrisa mi pobre habitación con más libros que lujos, me cambio tranquilo la ropa para volver a ser nadie de siete a cinco, la vieja música responde con la ironía de los tangos judíos, las luces rojas y azules de los balcones y otra sonrisa porque tu y yo somos lo mismo, futuros muertos que han vivido, pero que realmente han vivido.