domingo, 6 de septiembre de 2009

Se puede decir que el señor Irving es una de las máximas autoridades a la hora de abordar la figura de Adolf Hitler. Pese a que desmonte las tesis de otros grandes biógrafos del Führer, Irving, sus defensores tienen que tener en cuenta que él tampoco es demasiado neutral, sencillamente porque ninguna biografía puede pretender tener un carácter objetivo y mucho menos ésta sobre la que tanto hay que silenciar pero sin embargo sobre la que tanto se sigue escribiendo. La paradoja de que muchos de sus detractores han vertido auténticos torrentes de tinta que se han convertido en best sellers significa que se lucran de algo que demonizan, pero supongo que eso forma parte del beneficio que cualquiera puede sacar del fenómeno de la confrontación. Sí que es cierto que a día de hoy se ha hecho un gran esfuerzo en denunciar numerosas calumnias lanzadas contra uno de los protagonistas indiscutibles del siglo XX que sin embargo no fue más tirano que muchos dictadores africanos o asiáticos, ni hizo ejecutar a más gente de la que hizo ejecutar la Unión Soviética en nombre de la revolución, ni practicó un segregacionismo más cruel que el que se vivió durante décadas en las colonias del Imperio británico. Sin embargo algo en él provoca horror, algo en él fascina.

Hitler era un líder mesiánico. Era un auténtico guía espiritual o esa fue la impresión que muchos intentaron que quedara de él. Su propaganda y la ejecución de cualquier acto de forma ejemplarmente disciplinada constituía un auténtico ejercicio de terror sin parangón ninguno. La convicción y el fervor ciego de tantas masas, también. Fue un líder al que se obedeció más por pasión que por miedo, cosa que se da en la gran mayoría de líderes carismáticos en sus primera épocas, pero no ya posteriormente. Pero para mí hay algo que me llama poderosamente la atención y es el hecho de que al contrario que la mayoría de dictadores, un 90% de sus víctimas no formaban parte de su nación a modo de tenerla controlada o se trataba de personas que habían sido excluídas expresamente de ella. Eso ha hecho que fuera visto como una amenaza para los demás países en cuanto empezó su expansión militar, sin la cual hubiera sido imposible sacar a Alemania de la quiebra crónica. En pleno siglo XX y con una cultura de consumo, podía llegarse a aceptar de alguna u otra forma un sistema de clases sociales basado en la diferencia de poder adquisitivo, pero no por una cuestión racial. Sí que era así en las colonias europeas, pero no en el continente, lo cual no deja de ser hipócrita por parte de las frágiles democracias occidentales. Hitler ha sido demonizado como en su día lo fue Napoleón, pero éste último hablaba de revolución burguesa y el primero de raza aria, un concepto que no gusta demasiado a aquellos que no pertenecen a ella, es decir, la gran mayoría de la población. Uno puede adscribirse a una ideología o estar sometido a ella de mala gana, pero no puede cambiar sus orígenes. Tampoco se puede exigir a los demás algo que no es ni uno mismo, como no lo eran tantos en la cúpula del III Reich. El caso más paradigmático fue el de Himmler, que lejos de tener ascendentes alemanes, sus raíces eran húngaras e incluso de Mongolia, lo que no podría haber tenido cabida alguna en un sistema de el que él era uno de sus máximos exponentes.

Lo que me asusta es ver que no vemos una cosa mejor o peor por una estadística de muertos o de afectados, sino por la idea que encierra y eso es totalmente sujetivo. Curiosamente condenamos más porque tememos más. Ese miedo es lo que a mí personalmente me llama más la atención.
Dentro de poco se publicará una interesante entrevista que le han hecho recientemente al señor David Irving, en la cual ha afirmado entre muchas otras cosas que se vivía mejor en el tercer Reich que en la Alemania de Ángela Merkel. Por supuesto habrá que ver en qué contexto lo habrá dicho, pero de por sí la frase resulta lapidaria.
Personalmente y con todo el respeto por el señor Irving, nunca he creído que se pueda vivir mejor bajo cualquier dictadura.
Una de las muchas prohibiciones que existían en el Tercer Reich era la de fumar en los sitios públicos. Además a Hitler le molestaba sobremanera que se fumara en su presencia: El mismo día en que iba a quitarse la vida en el búnker de Berlín, sorprendió a uno de los soldados fumando y después de amonestarlo le abofeteó. Después de encerró con Eva Braun y más tarde se produciría el famoso disparo. Muchos lo vivieron como el fin del mundo, pero se sabe que en cuanto los soldados que estaban de guardia se percataron de que el Führer había fallecido, encendieron unos cigarrillos en mitad de la calle.
Hoy en día el búnker es una zona de parking que pasa bastante desapercibida.