martes, 15 de septiembre de 2009

Man sieht nur mit dem Herzen gut

Quizás debería darle la razón a Espriu y admitir que la muerte de una lengua es una gran pérdida para la humanidad. Probablemente llego más que tarde, porque en los últimos años se han extinguido muchísimas de ellas y somos ajenos a la destrucción de tantas otras más. Ignoramos también que la gran mayoría se encuentran concentradas en los distintos archipiélagos de los océanos Pacífico e Índico, que algunas carecen de gramática y son realmente sencillas de aprender si uno es capaz de cambiar el enfoque que damos a la comunicación y finalmente que si realmente deseamos avanzar hacia algo, la lengua no es nada más que un método para alcanzar distintos puntos de vista con el cual podemos llegar a comprendernos. Las culturas políglotas tienden a ser de signo moderador, porque tienen muy claro que la realidad es más de una.
El comediógrafo Carlo Goldoni, al que le debemos que hoy en día podamos conocer algo de lo que fue la magia de la Commedia dell’arte, dijo como buen veneciano que era, que el que no ha salido jamás de su país está lleno de prejuicios. Y bien lo sabía él que pertenecía a una cultura si había pasado de ser de una pequeña ciudad-estado acurrucada en una laguna a una república mucho más próspera que los enormes reinos feudales de un occidente que todavía se encontraba bajo el peor de los letargos, era porque se había dedicado a crear una importante red de comercio marítimo y a mantener fuertes vínculos con otras culturas. Y Goldoni tenía razón, porque en cuanto los del león de San Marco dejaron de viajar sólo pudieron enmascararse y controlarse los unos a los otros mediante traiciones y conjuras en una de las formas más opresoras que se hayan conocido jamás: No en vano el primer ghetto nació en Venecia, pese a que sólo la veamos como la magnificencia del carnaval y la transparencia del cristal de Murano. Nada más lejos de la realidad. Las denuncias anónimas en una famosa urna, la inquisición, las dos cárceles más seguras del mundo y los peores laberintos judiciales formaban parte de la ciudad de los Dux.
Algo así ocurrió con la DDR. Hubo que quitarse muchos prejuicios porque habían terminado siendo un país lleno de grabadoras, delatores y seres paranoicos que se enclaustraban en lujosas villas con dispositivos de alta seguridad en el barrio de Pankow. El carácter cosmopolita y provincial de Berlín es el resultado de esas dos formas de vida que se miraban cara a cara y que terminaron haciendo aguas por si mismas, no por la fuerza del contrincante. Y es harto curioso, porque si algo es verdad, es que los berlineses, tanto los del este como los del oeste, vivieron bloqueados durante décadas enteras, pero sin embargo sabían lo que estaba ocurriendo en otros lugares del mundo, incluso estaban mejor informados que la gente de muchos países sobre los que leían las noticias. Ese fue el origen de su espíritu renovador el mismo que a día de hoy todavía se ve con esa fiebre por construir nuevos espacios, porque en su día no los tuvieron y ahora que algunos cristalizan no se pueden detener y necesitan más. Hay que superar ese vacío, hay que soñar y hacer algo inaudito. Hay que sublimar tanto dolor. Todo eso viene de la época en que había tantas cafeterías ilegales con periódicos de todas partes, magazines de lo más alternativo y autoexiliados que podían desarrollar sus excéntricas ideas en un lugar donde eran bienvenidos. Hubo una época en la que la gente de aquí hablaba varios idiomas y en las bibliotecas de sus estanterías no era raro ver libros en francés o en ruso, incluso algún Quijote en la lengua de Miguel de Cervantes.
Fue uno de éstos berlineses que viéndome frustrado por culpa de los problemas que a veces conlleva no dominar bien una lengua, me recordó amablemente que para aprender francés bastaba con leer el Principito. A lo que no pude evitar contestar con una pregunta ¿Y para el alemán? A lo que me respondió con un sencillo “ah, pues también, también”. Y así lo hice. Y gracias a este buen consejo logré por vez primera superar uno de mis grandes escollos en esta ciudad: poder terminar algo tan sencillo como un libro habiéndolo entendido. Esa frase de que “Sólo con el corazón se puede ver bien” tiene un nuevo significado para mí.